Los castigados de siempre
Sábado 2 de abril de 2011, por Carlos del Frade *
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Los años noventa siguen vivos. Dicen lo contrario. Eso aseguran los voceros -que cada día son más- del oficialismo en todas sus variantes. Ellos, los defensores del modelo K, como lo llaman, afirman que estos gobiernos borraron de la faz de la Tierra a la matriz de precarización laboral que caracterizó el tiempo de Menem, De La Rúa y Duhalde.

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* Periodista. Agencia de Noticias Pelota de Trapo (APE)

Convencidos y ocupando cada vez más medios de comunicación, confunden a mucha gente de buena fe.

Pero los años noventa siguen vivos como consecuencia de la política del kirchnerismo.

Y se ve en los pibes.

Como casi siempre en los últimos cuarenta años de historia argentina.

La repetición de la metáfora bíblica del triple 6, el número de la bestia apocalíptica, aunque en este caso se trata de los factores de poder que siempre castigan a los que por edad sienten la necesidad de producir los cambios culturales y sociales en una comunidad.

Seis de cada diez desaparecidos eran menores de treinta años.

Seis de cada diez imputados de primeros delitos son menores de treinta años.

Seis de cada diez desocupados son menores de treinta años. 666, el número de la bestia.

No es una parábola forzada de un cronista de izquierda sino la lógica que surge de los números oficiales de la CONADEP y el INDEC.

Ahora, en este tercer milenio, en la ciudad capital del primer estado argentino, La Plata, sede del gobierno de la provincia de Buenos Aires, siete de cada diez chicos entre quince y veinte años trabaja en negro.

¿Dónde están los beneficios del modelo K para los pibes?

Quizás La Plata forma parte de una geografía ajena y lejana.

También dicen los números que la cuarta parte de las chicas y chicos platenses están empleados en el sector gastronómico y el 19 por ciento en kioscos o casas de ropa.

Empleos precarios porque no solamente no conocerán un recibo de sueldo ni gozarán de los beneficios de una obra social o la protección sindical, sino también porque no pueden planificar nada de sus vidas.

La palabra futuro les mete miedo, les mutila el presente.

De allí el verbo zafar que reemplaza a vivir. Pero en esa metamorfosis de los verbos hay una derrota elocuente. Queda poco espacio para los sueños, la realización de los ideales y la búsqueda de algo más que empatarle al fin de mes.

Apuntan las crónicas que “son varios los jóvenes que buscan dar con un puesto de oficinista y cumplir una jornada que termine a las cinco de la tarde para luego tener la tarde libre. Pero la realidad de las ofertas laborales dista mucho de los deseos de los novatos. El menú que ofrece el mercado laboral, en la mayoría de los casos, necesita dedicación exclusiva y full time. Sobre esto, autoridades, empresarios y los propios jóvenes coinciden en que necesitan mayor capacitación.

La escuela no les da las herramientas básicas para poder emprender una búsqueda exitosa. Ni siquiera alcanza con un test vocacional, que muchas veces resulta una verdadera pérdida de tiempo. Además, con el deterioro de las escuelas técnicas durante la década de los ’90, los olvidados oficios, hoy tan buscados, resultan cosa casi de la prehistoria. Mientras sobran chicos que se ofrecen para empleados de comercios o de bares, faltan de a montones torneros o electricistas”, sostienen los medios de comunicación.

Más allá de los cantos de sirena del oficialismo, la matriz de los años noventa, el permanente castigos sobre los pibes se repite no solamente en La Plata, si no en la Argentina del siglo veintiuno.

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