José Pablo Feinmann y la "Teoría del perejil"
Viernes 13 de mayo de 2011, por Carlos Saglul *
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Prolífico como nunca, José Pablo Feinmann apura sus horas entre programas de televisión, columnas en los diarios, fascículos, conferencias, la edición de nuevos libros. Tal vez, tanto trabajo no le deja tiempo para releer y eso se nota.

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* Periodista. Equipo de Comunicación de la CTA Nacional

Puede justificarse en que las autoexigencias que implican aumentar la producción signifiquen que ya no sea tan buen escritor. En cambio, es difícil excusar su manía por enlodar la memoria de víctimas de la represión como Mariano Ferreyra o Mario Roberto Santucho.

En su último trabajo, “El flaco, diálogos irreverentes con Néstor Kirchner”, se dedica a banalizar sin pudor la memoria del jefe guerrillero, cuyo cuerpo todavía sus familiares buscan: “no tenía la menor idea de nada. Estaba infiltrado hasta los bolsillos del pantalón. Se abría la bragueta para hacer pi pi y en el lugar del pirulín le aparecía un tipo de la Side. (…) Era un pésimo estratega, un estratega delirante, pero ponía el cuerpo y tenía moral”.

Para el autor de “ La Sangre Derramada ”, el máximo jefe del Ejército Revolucionario del Pueblo no era más que un bandolero, eso sí, con agallas. Las mismas agallas que le reconocerían los genocidas que lo asesinaron y desaparecieron a su familia. A tal punto que lo embalsaman, para mostrarlo en un museo que construyeron en Campo de Mayo. Después, como si así pudieran borrarlo de la historia, recurrieron al método que utilizaron con el Che o Eva Perón o los treinta mil detenidos desaparecidos: ocultar el cuerpo.

Ahora Feinmann, treinta años después, en la comodidad de su vida burguesa, juzga el proceder al jefe revolucionario o lo que es peor, lo ridiculiza. ¿Qué hacia por ese entonces Feinmann?.

El mismo lo cuenta en cuanto reportaje le hacen: “tenía miedo, hasta problemas psicológicos”. No está mal que el escritor confiese su miedo. A muchos los paralizó. Lo inmoral es la forma en que trata a alguien que como otros miles, a través de sus ideales, empujó su miedo hasta el extremo del heroísmo.

Ningún militante está a salvo de cometer errores por más altura histórica que haya tenido. Lo que separa al político burgués del revolucionario, es que los primeros son “pragmáticos”, es decir: hacen “lo posible” que es casi nada. Venden ideas que jamás ejercerán, un producto más cuya fecha de vencimiento casi siempre es la del día siguiente de la elección. En cambio los revolucionarios exhiben coherencia entre la palabra y la acción, muchas veces, aún cuando su vida está en juego.

El poder -lo sabe muy bien Feinman- es la posibilidad de adueñarse del relato. Moreno, San Martín, Belgrano, Güemes fueron sepultados en el bronce, escondidos en la ciénaga de tinta de textos escolares al servicio de la desmemoria. Ernesto Guevara terminó sonriendo en una remera o vendiendo Coca Cola desde el cartel de una multinacional. Derrotados, fueron sus enemigos los que contaron la historia y ocultaron las ideas emancipadoras.

En el mismo libro, Feinmann trata el caso Mariano Ferreyra. Se sirve para ello de la “Teoria del perejil”. La víctima ya no es un militante solidario con la causa de los trabajadores explotados. Se trataba de un “perejil” llevado por las narices.

“Altamira tiene a sus pibes a un paso de los fierros o a un paso de justificar los fierros de otros. Ese cadáver es tuyo Altamira”, dice Feinmann. Queda claro, que para él, denunciar la complicidad de la burocracia sindical y el gobierno en la flexibilización de los trabajadores es “justificar los fierros de otros”. Y si te matan, no te quejés.

Da vergüenza ajena, leer que quien sabe muy bien que fue la Triple A (Feinmann escribió de muy joven una biografía sobre José López Rega) conformada por patotas sindicales y policías, ya anciano concluya –como distraído- alegando que la protesta popular, justifica el crimen de las patronales, los matones sindicales y la policía brava.

Se pueden tener muchas diferencias ideológicas con el Partido Obrero y críticas para el accionar del ERP. No implica dejar de reconocer que Santucho y Ferreyra, cayeron peleando del lado de aquellos que luchan por un mundo más justo y digno. Que vivieron a contramano de “políticos pragmáticos” que como tales siempre terminan actuando al servicio del poder económico amparados por escribas, capaces de pasteurizar la sangre de los caídos en las luchas del pueblo por la justicia social y la soberanía económica.

Cada uno hace lo que puede con su miedo. Algunos se esconden bajo la cama o corren a cobijarse al calor del poder y están los otros, los que más que hacer monumentos a los héroes, prefieren ser consecuentes con sus ideales. “Nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengan historia, no tengan doctrina, no tengan héroes ni mártires”, dice Rodolfo Walsh.

Menudo favor les hace Feinamann a los que tratan de desaparecer la memoria popular en un mausoleo hipócrita, donde el bronce oculta las ideas y se falsea la historia, para que sólo pueda significarse en un presente de impotencia y derrota.

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