Los matadores de angelitos
Viernes 11 de marzo de 2011, por Carlos Del Frade *
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Cuando la Argentina fue conmovida por el genocidio de los gauchos federales, algunos ex guerrilleros de la causa comenzaron a contar la historia como pudieron y la difundieron por distintos canales de comunicación.

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* Periodista.

Algunos de esos relatos alcanzaron las alturas de la mitología, como el “Martín Fierro”, de un sobreviviente de aquella cacería que hicieron los ejércitos de Buenos Aires en relaciones carnales con el imperio de la época, Gran Bretaña. José Hernández gambeteó la pena de muerte que pesaba sobre su humanidad y no solamente generó aquel texto si no también la gran investigación sobre la vida y el asesinato de Angel Vicente Peñaloza, un anticipo de las formas con que el ejército argentino iría acumulando experiencias en sus genes para después descargar la noche carnívora iniciada en 1976.

En esas narraciones que luego se hicieron circo criollo y sainete, siempre había un momento de mucho dolor que era el velorio del angelito. La despedida de un chiquito o una chiquita que piantaba hacia la pampa de arriba mucho antes de tiempo.

Aquella literatura gauchesca fue consecuencia de un saqueo de tierra, una feroz represión contra los pueblos originarios y el pueblo federal y también de una primera concentración de riquezas en pocas manos.

Los velorios de los angelitos eran contemporáneos de los banquetes de la oligarquía naciente.

Los matadores de ángeles, entonces, tenían la impunidad que era hija de su riqueza y el permanente robo de las expectativas de las mayorías.

Ciento cincuenta años después, nada menos que en la geografía salteña, donde alumbrara una esperanza de libertad e igualdad, como eran las montoneras de Martín Miguel de Güemes, los velorios de los angelitos se multiplican y parece ser que los asesinos volverán a esquivar los lentísimos brazos de la justicia.

La noticia parece ser una fotocopia ajada de los últimos meses: “Dos nenitas de la etnia wichi dejaron de existir, víctimas de severos cuadros de desnutrición. La primera era una beba de un año y tres meses, que fue trasladada a la capital salteña desde el norte, en un avión sanitario. Estuvo internada un mes en el hospital Materno Infantil con un cuadro de “deshidratación”, y finalmente falleció en la madrugada del jueves por un “shock séptico”, a consecuencia de la desnutrición que padecía. La otra nena, de un año y siete meses, murió en Tartagal el viernes”, de la primera semana de marzo de 2011.

El parte médico del hospital parece ser una genealogía del crimen.

“La infección generalizada, la mala alimentación y los malos hábitos higiénicos influyeron para que esta nena no haya podido recuperarse”, sostiene el documento.

Los angelitos son exiliados del paraíso que jamás llegaron a conocer.

Ángeles exiliados de tierras saqueadas.

Ya suman diez, las chiquitas y los chiquitos que ni siquiera llegaron a experimentar el sabor increíble de un alfajor de chocolate en el norte salteño.

- No les falten el respeto a nuestros muertos - fue lo que le dijeron a un fotógrafo mientras velaban a uno de estos angelitos, como decía la vieja literatura gauchesca.

Los matadores de angelitos, en tanto, gozan de buena salud.

Son los herederos de los saqueadores del siglo diecinueve y están acostumbrados a mirar para otro lado y silenciar sus bocas.

Algún día las lágrimas no alcanzarán.

Y llegado ese tiempo es posible que haya una vida nueva para cortar tanta crónica de impunidad y dolor.

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