¿Cómo explicar la muerte de niñxs a causa del hambre en un país hecho de pan?
Viernes 18 de septiembre de 2020, por Sergio Val *
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Alberto Morlachetti nos hablaba de la niñez que habita las calles de la intemperie y del sacrificio de la vida en el altar de los accionistas de los niños descalzos. Un niño o una niña que muere de hambre en Argentina, un país hecho de pan, es un niño que muere asesinado. Por eso “El Hambre es un Crimen”.

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* Secretario de Acción Social de la CTA Autónoma. Referente de Che Pibe

El país de las proteínas

La República Argentina tiene una superficie total de 3.761.274 km² incluyendo la Antártida Argentina de 969.464 km², las islas Orcadas del Sur y las islas australes, Georgias del Sur y Sandwich del Sur. La superficie Continental es de 2.791.810 km² . Es el 8vo país más grande del mundo y tiene la 5ta. región con mejores condiciones para la agricultura del Planeta, sin embargo el 93 % de la población es urbana, es decir que habita en ciudades. Más del 90% del territorio argentino se encuentra deshabitado.

Nuestro país tiene clima subtropical en el Norte, con selvas, bosques y ríos caudalosos. Una zona mesopotámica atravesada por cientos de ríos y arroyos, bañados y esteros. La llanura pampeana de tierras fértiles que se yerguen infinitas ante el asombro de nuestras miradas. La cordillera andina nos marca el límite occidental con una variedad interminable de climas, valles y quebradas. Lagos profundos y glaciares eternos. Al sur la meseta Patagónica nos brinda otros paisajes de extrema belleza en toda su extensión y al oriente el Mar Argentino. A esta descripción maravillosa del territorio con la que fue bendecida esta parte del continente Abya Yala en la que vivimos, le falta un elemento y es el elemento humano. Pero abunda bastante otro elemento, el extranjero. No el de hombres y mujeres poblando el país sino el de las empresas extractivas extranjeras del saqueo. La Constitución Nacional en su Preámbulo, invita a “los hombres de buena voluntad que quieran habitar el suelo argentino”, pero no para que se apropien de nuestra geografía, para que la exploten y contaminen, privando al pueblo de poder habitarla. Parece que no son de muy buena voluntad.

Esa bárbara manía de quedarse con lo ajeno

Cuando las potencias industriales de la OTAN desean quedarse con las riquezas de otros países, descargan su poder bélico sobre poblaciones enteras, so-pretexto de una democracia que no realizan en sus países. Quizás argumentando una guerra contra el terrorismo o la producción de armas de destrucción masiva. Sabemos perfectamente que quienes utilizan estos argumentos son los mismos que generan e infiltran células terroristas o son monstruosos fabricantes de armas que ponen en riesgo la paz mundial y hacen de esta siniestra perversión un gran negocio. Y que además utilizan esos argumentos para invadir, destruir y saquear.

Pensemos ahora en la apetecible abundancia, que no es infinita, pero que despierta la voracidad de esos países potencias industriales, de la fertilidad de nuestros suelos, la existencia variada de minerales de nuestra cordillera, los hidrocarburos de nuestro subsuelo, el agua de nuestros acuíferos, lagos y glaciares, y por qué no decirlo, la ubicación geo-política de nuestro país. Si bien es cierto que no hemos sido objetivo de invasiones todavía, también es real que han utilizado otros métodos de dominación política y financiera en nuestra región. Las dictaduras militares no fueron noches trasnochadas de nuestras fuerzas armadas sino parte de la planificación del departamento de estado norteamericano para mantener la hegemonía continental. Nuestras fuerzas armadas han funcionado en aquellas épocas como ejércitos de ocupación.

La vieja normalidad

Esta concentración de la población entorno a las grandes ciudades, tampoco fue como nos quieren hacer creer, un proceso que naturalmente se dá en el mundo y que por lo tanto debemos asumir como normal.

Las leyes de la naturaleza nos están diciendo a gritos, que es antinatural y que debemos reflexionar urgentemente sobre este tema. Repoblar el territorio se transforma hoy en una iniciativa para recuperar la mirada estratégica de diseñar, no solo un modelo de país y de sociedad que requiere este tiempo, sino en una posibilidad real de bienestar de la población y una manera de restaurar nuestro vínculo con la madre tierra, de la que somos parte.

¿Puede ser nuestra utopía la de “urbanizar villas”? ¿Las villas de emergencia pueden ser consideradas barrios populares?, porque lo popular no puede parir conglomeraciones de familias viviendo sobre basurales, zonas inundables o contaminadas, donde se nace y se muere de cualquier modo. Las villas de emergencia de nuestras ciudades no son: ni los lugares, ni las formas que nuestro pueblo eligió para vivir y ver crecer a sus hijos. Son precisamente de emergencia. Una emergencia que nos obligó a migrar de nuestros lugares de origen para subsistir. La que nos somete diariamente a la precariedad laboral, la falta de acceso a servicios básicos o la carencia de un ambiente sano. La que nos arrincona detrás de nuestras propias rejas para protegernos de la inseguridad pero nos aísla de lo comunitario. La que nos forzó a resignar nuestros paisajes, nuestros afectos, nuestras lenguas, nuestras costumbres, nuestras historias, nuestras identidades, nuestro origen, para ser mano de obra barata y descartable del sistema económico vigente.

Entonces, este capitalismo cipayo, nos agrega a su larga lista de eufemismos el de la “ciudad sustentable”. Para que permanezcamos aquí, amontonados, de espaldas a nuestra geografía y por ende, a nuestra naturaleza. De espaldas a la vida misma, para ellos poder continuar con su codicia y voracidad, enfermiza y decadente. Cualquier razonamiento urbanístico recomienda, por lo menos, 9 m2 de espacio verde por habitante. En el AMBA y en general en las ciudades más pobladas de nuestro país, estamos bastante lejos de ese planteo y en las villas de emergencia no llegamos ni al metro cuadrado de espacio verde por habitante. Urbanizar esos lugares implicaría en algunos casos, techar varias manzanas con plazas y parques a la altura de un tercer piso. Un verdadero disparate. Y nos anuncian grandes inversiones para hacer grandes obras de saneamiento y provisión de servicios. Con los mega préstamos que pagaremos nosotros y nuestros hijos, para que sus empresas realicen mega-negocios que nadie controla y cuyas ganancias terminan en paraísos fiscales.

Tiempo de utopías

Algunos sabemos que este no tiene que ser el camino, porque es la receta que nos vienen aplicando desde hace varias décadas. Los resultados están a la vista. Tenemos que debatir en profundidad qué horizontes anhelamos para nuestras futuras generaciones. Es un momento en el que muchas cuestiones han quedado expuestas. La población sigue siendo objeto del bombardeo mediático. Carente en gran parte, de elementos críticos con los cuales analizar el momento histórico, existe una clase media que siente que está perdiendo su estatus y sus logros individuales. Un sector de la sociedad que no puede ver que esta crisis nos puede llevar puestos a todxs.

Necesitamos derribar las falsas grietas y pensar en un futuro común. Un mundo donde quepan todos los mundos. Parafraseando a Gabriel García Márquez “frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida… Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra”.

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