" />
A 47 años de la Masacre de Trelew
Que nadie una la tristeza a sus nombres.
Jueves 22 de agosto de 2019, por Clarisa Rojas *
Enviar la referencia de este documento por email Versión para imprimir de este documento

"Ya no soy / de aquí: apenas me siento una memoria / de paso. Mi confianza se apoya en el profundo desprecio / por este mundo desgraciado. Le daré / la vida para que nada siga como está", Paco Urondo.

Compartir este articulo:

Entre el pasado y el presente siempre hay una parábola posible, más bien un puente necesario, cuando hablamos de la historia reciente de la Argentina. Agosto es un mes cargado de memoria, cargado de luchas que fueron y que son, nombres que resuenan, dolores colectivos porque cuando el calendario marque el número 22, se cumplirá un nuevo aniversario de La Masacre de Trelew.

Ya son 47 los años que nos separan de los fusilamientos perpetrados a 19 jóvenes militantes de diversas organizaciones peronistas y de izquierda bajo la dictadura del Gral. Lanusse, en la base Almirante Zar, en la provincia Chubut. Sólo tres de los diecinueve sobrevivieron, y en el ’73 como presxs políticxs en la cárcel de Dévoto, serían protagonistas de la histórica entrevista sobre lo sucedido en Trelew que, su autor Paco Urondo, llamó “La Patria Fusilada”. Los tres sobrevivientes fueron desaparecidos en la última dictadura cívico militar, y como sabemos, Paco Urondo fue asesinado.

El 15 de agosto de 1972, veinticinco presos y presas políticas pertenecientes a las organizaciones Montoneros, FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias) y PRT-ERP (Partido Revolucionario de los Trabajadores – Ejército Revolucionario del Pueblo); huyeron de la cárcel de Rawson pero un error en el operativo de la fuga hizo que sólo seis de ellos, los cuadros dirigentes con prioridad de fuga, llegarán a asaltar el avión que los conduciría a Chile. Los demás militantes lograron llegar más tarde al aeropuerto de Trelew pero el avión ya había partido, y las fuerzas de seguridad no tardaron en llegar. Las y los presos políticos negocian entonces con los militares las condiciones de su rendición, y lograron brindar lo que ya es una histórica conferencia de prensa con representantes de las tres organizaciones. Allí Rubén Bonet (PRT-ERP) declara “nuestra violencia es la respuesta a esa violencia, la violencia del capitalismo. O sea, somos el proletariado en armas, somos el pueblo en armas”. Una semana más tarde, e incumpliendo de manera feroz todo acuerdo, los militares los retiran de las celdas de la Base Almirante Zar, donde habían sido conducidos estos 19 militantes, y allí los fusilan bajo las órdenes del Capitán de la Armada Luis Emilio Sosa. El promedio de edad de las y los asesinados no alcanzaba los 30 años.

Por estos días donde las palabras militancia y unidad resuenan un poco más fuerte en medio de los debates por los destinos del país, estos pibes y pibas, estos hombres y mujeres asesinados en la madrugada de Trelew, tienen mucho para decirnos desde sus recorridos, sus anhelos, su militancia por la vida.

¿Quiénes eran? ¿Qué querían? Cambiar el mundo eso seguro, para eso se jugaban la vida, como decía Paco Urondo “Para que nada siguiera como está” ¿Pero más acá: que quiere eso decir sin que sea una abstracción? ¿Por qué la orden de fusilarlos fue sinónimo de matar tan vilmente un pedazo de nuestra Patria?

“Yo estoy militando y la vida que nos va a tocar es una vida peligrosa, yo quiero que vos entiendas que es una decisión consciente, que es mi deseo, que lo hago con mucha alegría, que me siento feliz porque puedo ayudar, y vos ayudalo a papá a que entienda (…)” fueron las palabras de Alejandro Ulla a su hermano. “El Petiso” como se lo conocía, era un pibe de una sonrisa amplia y cómplice, proveniente de Santa Fe que empezó a militar en el PRT cuando se mudó a La Plata para estudiar. Fue uno de los 19 fusilados, tenía 23 años.

También 23 años tenía María Ángelica Sabelli cuando su vida se detuvo, también la apodaban “la petisa”. Militaba en las FAR, vivía en Buenos Aires, estudiaba, y trabajaba como profesora de matemáticas y latín.

Clarisa Lea Place, esa tucumana a la cual le debo mi nombre, militaba en el PRT-ERP, sobre ella, su camarada “Pola” Augier en el libro “Guerrilleras” cuenta: "Clarisa y yo estudiábamos Derecho, vivíamos juntas en una pensión con lo mínimo para sobrevivir, y lo poco que teníamos lo gastábamos en aerosoles marcadores y papel. Nos levantábamos a la cuatro de la mañana para estudiar marxismo y hacer carteles. Más tarde nos íbamos a clase. La Facultad, empapelada con las siglas TAR, era prueba de nuestro celo propagandístico”. Por esas cosas de la vida, también tenía 23 años. Mariano Pujadas era oriundo de España, vino al país siendo un bebé escapándose con su familia del franquismo.

Estudió en Córdoba y fue militante y fundador de la organización Montoneros. Al momento de ser asesinado tenía 24 años. Pedro “El indio” Bonet, nació en Pergamino, en el seno de una familia humilde. Decidió dejar sus estudios de ingeniería química para trabajar y militar en fábricas, primero lo hizo en la textil Sudamtex y después en Nestlé. Era militante del PRT-ERP, tenía 30 años cuando fue fusilado. Alfredo Elías Kohon nació en Entre Ríos, lugar al que su familia llegó escapándose del zaharismo ruso. Creció, estudió y militó en Concordia y luego en Córdoba. Fue uno de los fundadores de las FAR e integrante de los comandos “Santiago Pampillón”. Fue fusilado a la edad de 30 años.

Nos han tocado vivir tiempos oscuros en la Argentina, distintos a los de la Patria Fusilada de Trelew, sí, pero muy duros donde hemos masticado bronca con los pibes que nos arrebatan las balas de las fuerzas de seguridad, ahora en “democracia”, las noticias del hambre cuando no el hambre misma que nos pega en la cara. Por eso que este 22 de agosto no sea una efeméride más de esa historia que nos cuenta las derrotas populares y nos hace masticar bronca y recobrar infinitos dolores, que sí que sobre el suelo de esta Patria ya se ha derramado demasiada sangre de compañeros y compañeras que entendían que sus sueños de igualdad no cabían en este mundo gris y tan organizado en sus injusticias, en sus desigualdades y por eso se gastaban la vida en querer cambiarlo todo; que sí que esos verdugos que a lo largo de la historia han tenido sus muchas caras y siempre van a atentar contra los sueños más altos de los pueblos, tuvieron que fusilar una y otra vez nuestra Patria para matar lo que jamás pudieron ni podrán: el amor, el compromiso, la solidaridad, eso que nos hace tan humanos, que nos hace sentir en el propio pecho el dolor ajeno. Acá se quedan los sueños, las esperanzas y seguro que también los miedos y contradicciones, aunque distintas, de las y los fusilados de Trelew. Acá nos acompaña en nuestros días sus ganas de cambiarlo todo, su incertidumbre del cómo pero la certeza de que es haciendo, es comprometiéndose y es hermandose con el de al lado. Esas cosas que siempre vamos a necesitar más que nunca y ningún tirano ni verdugo podrá quitarnosla, esas cosas (que no son cosas) que necesitamos para transformar la Patria, y quién dice que así no cambia un poquito el mundo.

“Pese a todas las amenazas siempre nos reíamos, estábamos contentos y eso no podían soportarlo y no podían comprenderlo.” Supo relatar en una entrevista uno de los tres sobrevivientes de la masacre, Ricardo Haidar.

* Periodista

sitio desarrollado en SPIP