Nacer pobre, crecer preso
Miércoles 10 de abril de 2019, por Clarisa Gambera *
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Comenzó el debate en el Congreso en torno al Proyecto de Nuevo Régimen Penal Juvenil presentado por Cambiemos. Entre otros destratos del día de ayer vale destacar el impedimento de que lxs jóvenes de las organizaciones puedan expresar sus opiniones y contar sus experiencias.

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* Secretaria de Género de la CTA-A Capital

Estela Rojas de Niñez y Territorio, referente de Chicos del Sur, participó de esta primera audiencia y nos cuenta que nadie parece escuchar lo que tenemos para decir y que coincidimos las organizaciones en que la única respuesta que nos trae este Estado es punitiva para los chicos y chicas y que ni siquiera pueden expresar sus opiniones al respecto. A los pibes se los puede encerrar pero no tienen derecho a poner su voz en el debate que propone bajar la edad de punibilidad. Los pibes organizados hoy no pudieron tomar la palabra, no hay lugar para esas voces.

Estela en representación de Niñez y Territorio habló en el Congreso tratando de que quienes escuchaban empaticen con ese otro, chicas y chicos que suelen ser atrapados por el sistema penal. También contar lo que sí hacemos y que sabemos que funciona porque son experiencias concretas alternativas que las organizaciones construimos con los pibes y las pibas en cada territorio desarmando destinos y trayectorias de abandono, porque no es justo que se encuentre a los pibes cuando están en “conflicto con la ley penal” es antes, mucho antes pero escuchan los que nos acompañan y el resto no nos mira.

La indiferencia desampara

Una lista de intervenciones extensas y el intento de armar una cobertura que pudiera abrir el debate a la sociedad quedó deslucido, los pibxs importan menos, conmueven menos, perdimos esa batalla pensamos algunas añorando esa participación que es capaz de instalar debates y volverse marea en otros temas. Esta indiferencia les permite profundizar un modelo represivo hacia la niñez pobre, van por más no les alcanza el terror del hambre. A pesar de todas las recomendaciones de expertos y organismos para no debatir un régimen penal juvenil con baja de edad de punibilidad en un año electoral, dado que es evidente la intención de tribuna que distorsiona el debate y miente planteando esto como solución al delito que se instala desde los medios como tema prioritario para la población, igual lo hacen.

Proponen cárcel, construyen un sujeto peligroso, desvían la atención quieren hablar de delito e instalar el miedo y no hablar de inseguridad alimentaria, desempleo y pobreza.

No quieren que recuperemos nuestra memoria de lucha, no quieren escuchar que detrás de cada pibx en banda hay una familia rota que se quedó sin trabajo, sin changas y sin nada.

Esta respuesta punitiva y la instalación de la idea de pibxs peligrosos que esconde la realidad de una infancia en peligro tiene un alto costo para los pibxs más desprotegidxs.

Verlos como peligrosos y no como pibxs en peligro aumenta la crueldad sobre ellxs y la indiferencia social ante el abandono del Estado en políticas de protección y cuidado.

Compartimos la intervención de Estela Rojas en representación de Niñez y Territorio en la primera audiencia en el Congreso de la Nación ante el tratamiento del proyecto del nuevo régimen penal juvenil y la baja de la edad de punibilidad presentado por Cambiemos:

A Juan lo conocimos hace poco más de doce años, cuando todavía estaba en la panza de su mamá. No tuvo suerte, cuando nació él ella ya estaba rota. Poco tiempo después la madre empezó a ausentarse sin que sepamos adonde iba, y sus ausencias podían durar una semana, quince días. Una ausencia que lo exponía al abandono. Pero resistió en los brazos de una hermana que asomaba a la pubertad y ensayaba una maternidad que no tardaría en llegar.

El informe de UNICEF indica que el 48% de los niños y las niñas son pobres en Argentina, y que la mitad de estos padecen severas privaciones de derechos fundamentales. Seis millones trescientos mil. El Observatorio de la Deuda Social de la Infancia de la UCA habla de un 13% de niños y niñas que pasan hambre. Poco más de un millón quinientos mil.

Nos cruzábamos con Juan, pequeño aún, por los pasillos del barrio. Calzado con unos zapatones n° 40 y sus mocos cruzándole la cara. Siempre elaboraba mentiras para proteger a los suyos: “ya están todos levantados, ya desayuné, ellos saben que estoy por acá”. Tenía miedo que hagamos una denuncia.

De acuerdo con datos del Ministerio de Justicia de la Nación, en 2016 solo el 0,4 % de las sentencias condenatorias fueron por delitos cometidos por jóvenes de 16 y 17 años.

La Procuración Bonaerense habla de un 3,2% de los delitos investigados que fueron cometidos por menores durante el 2015.

También en 2015 el Consejo de la Magistratura de la Ciudad de Buenos Aires muestra un 3,8% de los homicidios realizados por menores de 18 años. Las cifras desmienten el impacto mediático que se busca, otra vez en el medio de una contienda electoral, para disimular la falta de políticas públicas frente a una inseguridad que crece.

Desde pequeño Juan conoce los recovecos oscuros de un lugar al que muy poco bueno le va quedando para ofrecerle. Sus hermanas adolescentes han parido hijos y aguantado palos, los varones se pierden en el humo acolchado que intenta desdibujar la vida triste. La madre, rota aún, persigue el sueño del cambio, pero siempre se le escapa al final.

La mirada de la sociedad se posa en los adolescentes de forma acusatoria. Los medios de comunicación nos muestran niños y niñas desangelados, capaces de arrebatarnos nuestros bienes, nuestras vidas.

¿Pero realmente quién es ese pibe que intentan mostrarnos como enemigo? ¿Cuáles son sus sueños, sus proyectos, cuáles sus necesidades? ¿De qué carece? ¿Se han vulnerado sus derechos? ¿Cuáles son sus valores? ¿Cuáles sus fortalezas?

Estos niños y niñas son hijos e hijas de familias donde el desempleo es una constante en lo últimos años. Estos niños y niñas tienen una niñez devaluada. Se ha mirado sistemáticamente para otro lado cuando les tocó comer salteado, cuando se quedaron sin escuela, cuando les tocó vivir en casas de chapa, sin agua potable, en un contexto de crueldad y violencia, cuando sus familias se quedaron primero sin empleo y después sin changas, cuando se instaló la droga cerca y ellos estaban solos, cuando no hubo cuentos ni espacios para jugar ni festejo de cumpleaños.

Es prioridad trabajar para devolver la infancia a los sectores más desprotegidos. Poner el acento en discursos punitivos es abandonar esta población a su suerte porque es un mensaje de desprotección, abandono, deshumanización del discurso y falta de apuesta por una política pública donde niñez, educación, salud, trabajo para sus familias, sean los que puedan devolverles al menos la esperanza de una niñez digna.

Frente a esta problemática que crece, parte de este Congreso busca respuestas punitivas sin nunca haber procurado dar soluciones que realmente sean de impacto favorable a la vida de estos niños, estas niñas.

Después de insistir, Juan decidió darnos la posibilidad de ser parte de su vida. Se acercó al centro de día y empezó a entender lo que le pasaba y supo que no debía ser ese su destino. Construyó herramientas que le permitieron ir cambiando un poco de su vida y un poco también la de su familia. Se permitió soñar, podía proyectar. Y una vez, consultado sobre qué creía que necesitaban los niños y niñas que aún estaban solos y con sus derechos vulnerados nos miró y dijo: “Lo que necesito, como niño, es una oportunidad”.

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