Pequeñas escenas de la vida en el hormiguero
Jueves 20 de diciembre de 2018, por Hernán López Echagüe *
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Textos urgentes desde la Ciudad Autónoma y Rebelde de Ludueña, Rosario, Argentina, últimos días de febrero de 2006.

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* Hernán López Echagüe es un periodista, docente y escritor argentino.

I

El tiempo, hoy y aquí, en la plaza, da la impresión de haber caído en el favor de la tregua. Historia y existencia en suspenso, el aliento interrumpido; voces que asoman, licenciosas, con la cadencia de lo ineluctable. Vida absorta en la contemplación de la memoria, pero a todas luces novedosa y explosiva. Fuera, lejos, los habituales golpes rastreros y ominosos de un sistema del demonio que aniquila y expulsa y despanzurra sin rodeos. Como suele hacerlo aquí, allá y en todas partes.

Sin embargo, mucho ha cambiado en Ludueña desde aquella tarde de abril del año 2003, cuando la buena fortuna, acaso el feliz antojo de la providencia, me condujo por primera vez a este barrio, a La Vagancia, al padre Edgardo Montaldo, al continuo alumbramiento de Claudio Lepratti, el Pocho. A esta comarca, en fin, habitada de hormigas afanosas.

Emilio es licenciado en Ciencias de la Educación y la Flaca, su compañera, terminó la secundaria; viven juntos y tienen una hija, Daniela, a poco de cumplir ocho meses. Varón acaba de editar su primer CD, “Andemos”, y en los próximos días rendirá examen de ingreso en la Escuela de Música de la Universidad Nacional de Rosario. Milton corta telas en una empresa textil, en el tablado de la plaza oficia de maestro de ceremonias con raro garbo y también recibió el diploma de bachiller. Manuel no abandonó su ácido sentido del humor, pero se ha convertido en un hombre aplomado que ya no vagabundea por las noches. Celeste ha hecho a un lado su proverbial timidez, y conversa y ríe y comparte vida y departamento con Gustavo. Tiro Federal ha llegado a la primera división, razón por la cual Lucas presume que Ludueña alcanzó la gloria. Salvador buscó mejor fortuna en Corral de Bustos y ahora es un diseñador todo terreno.

La casa del Pocho ha sido restaurada; está repleta de libros, de afiches, mensajes y fotografías; al cabo de largas deliberaciones, los muchachos de La Vagancia han resuelto denominarla Bodegón Cultural. La plaza ya no lleva el nombre “José Mármol”, romántico escritor y feroz enemigo de Rosas (no menos feroz y para nada romántico): hoy es la plaza/reducto/bastión/espacio libre de las hormigas, y se llama “Pocho Lepratti”. El escenario/tablado, donde Varón ha comenzado a acomodar su trasero, su guitarra, tiene dimensiones colosales. Las hormigas se desplazan por todas partes. En tanto, el Mono pinta con extraordinario talento y porfía. Todo. Murales, remeras, diseña hormigas, imprime frases: “Voy a cubrir tu lucha más que con flores”;

“La alegría es nuestra mejor arma”. Marcelo Nocetti, locutor de oficio, percusionista de a ratos, y, por sobre todas las cosas, camionero frustrado, anuncia al “Potro de Ludueña”. Varón ha logrado sobreponerse al terror escénico y canta: “Yo nazco como el sol de cada día/Ando con tu madre bajo el brazo/Mi tristeza descansa en tu pecho/Y nace como el hambre/Desparramada/Desparramada …” Antes de abandonarse a la interpretación de “Cañete”, canción que ha compuesto para vindicar la historia de un amigo que la policía suicidó en la cárcel de Coronda, trae a la memoria ese marzo indeleble, el de hace treinta años, el que de inmediato mueve a pensar en treinta mil personas sumergidas en las catacumbas que tramaron los militares. Y todos, cientos de personas, aplauden y maldicen a los milicos de morondanga y celebran la evocación.

II

La escena, ahora, transcurre a pocas cuadras de la plaza, en el comedor infantil Betania, en la vicaría del Sagrado Corazón de Jesús. Un galpón inabarcable donde cada mediodía almuerzan cuatrocientos chicos. En el alto paredón central, escritas con pintura de diferentes colores, reverberan frases y preguntas: “¿Qué buscamos? Vivir en dignidad. No desde la mendicidad, sí con el fruto de nuestras manos”, y el diseño de un hombre aferrando una maza. “¿Quiénes somos? ¿Cómo estamos? ¿Qué hacemos? ¿Qué queremos?”. Las hormigas que se han acomodado en torno a la larga mesa han venido de Gualeguaychú, de Concepción del Uruguay, de Santa Fe, de Buenos Aires, de aquí nomás, de otros rincones de Rosario. Estudiantes, desocupados, educadores populares, intrépidos, curiosos. Es un taller, una conversación abierta y despojada; historias de vida, relatos y cavilaciones.

Lenta y gradualmente comienzan a aflorar palabras, y de la palabra se trata, de su búsqueda y empleo certero, entonces la vacilación y la incertidumbre y, de pronto, a partir del Pocho, de su vida, surgen a carretadas: opción, compromiso, nosotros, búsqueda, ser, agradecimiento, hacer, construir, seguir, diversidad, identidad, contradicción, libertad. Y alguien habla de los fantasmitas, de esa inefable amalgama de voces que llevamos a cuestas en lo más profundo del alma, de las que estamos hechos y nos llevan a ser lo que somos. El encuentro, final presuroso a causa del seductor redoblar de los tambores que llegan desde la plaza, termina con un abrazo grupal, acaracolado, que propone el Flaco Claret, de Gualeguaychú, fundador del Ejército Alpargatista de Liberación Nacional y partidario de la “lucha almada”.

III

Cada 27 de febrero ocurre lo mismo. A lo largo del día de la celebración del cumpleaños del Pocho, el cielo se opaca, cobra una tonalidad plomiza; intimida, lleva a presagiar un aguacero, el festejo abatido. Recuerdo la primera vez que puse los pies en esta plaza de fiesta y carnaval: el cielo no era más que una masa compacta y negra dispuesta a precipitarse con toda su furia sobre nuestras cabezas; Varón, aquella vez, en la mañana, dejó escapar un vaticinio fundado más en el deseo que en un estudio metereológico: “No va a llover. Nunca llueve cuando el Pocho cumple años”. Y, en aquella ocasión, de improviso la cerrazón huyó. Y descubrió un manto azul fuerte, puro, pinceladas blancas.

Cosa parecida acaba de ocurrir. El cielo no es azul, tampoco amable. Simplemente acompaña, se comporta con caballerosidad. Ahora León Gieco está en el tablado. Gieco y sus canciones. El gentío, por un momento, guarda silencio. Es Gieco, son sus canciones. Hay brazos estirados hacia el cielo, y también pogo, y poguitos, como el que tengo delante: cinco, seis jóvenes extraviados y aturdidos que saltan de uno a otro lado hasta que, de pronto, Gieco se pone a cantar: “Yo soy Juan el último aparecido/Soy el hijo de la sangre…” Y entonces uno de los pibes del poguito le dice al resto de la barra: “Ché, escuchen esto, es mi música”. Y continúa Gieco: “Porque dios no estuvo allí donde nací…” Del pogo saltan a una rara quietud de manos alzadas, como velas en los dedos. Sí, porque dios no estuvo allí donde ellos y millones de ellos, han nacido.

IV

El día 19 de diciembre del año 2001, víctima de la tremenda ferocidad de la policía, de la obscenidad del sistema, Pocho cayó desplomado sobre las chapas de zinc del techo de la escuela número 756, “José Serrano”, del barrio Las Flores, uno de los asentamientos más miserables del Gran Rosario.

Había sido seminarista, era profesor de filosofía, quizá un cristiano revolucionario. Graciela Cappelano, compañera de trabajo de Pocho Lepratti en la cocina de la escuela, declaró: “Yo no sé por dónde venía la policía. Se metieron en contramano por el callejón. Se ve que Claudio los vio venir y subió a la terraza. No habrá pasado más de un minuto que él les grita: “¡Dejen de tirar, manga de hijos de puta! ¡Acá hay chicos, nosotros estamos trabajando!”. Entonces siento la frenada del Comando. Me asomo. Y me doy cuenta que era un patrullero. Entonces baja el que iba en la parte trasera del vehículo, todo vestido de negro: remera negra, pantalón negro, gorra negra y saca un arma larga que me dijeron luego que es una Itaka. Y le grita a Claudio: “¿A vos qué te pasa, la concha de tu madre?”.

Inmediatamente le tiró un disparo directamente a Claudio. Yo me tiré de cabeza con mi hermana al suelo. Claudio gritaba: “¡Me dieron y no es con una bala de goma!”. Entonces mi hermana se va agachadita hasta donde estaba Claudio, gritando que no tiren más y diciendo: “Graciela, lo hirieron. Traé trapos, cualquier cosa, llamá la ambulancia”. El policía seguía con el arma apuntando. Yo bajé desesperada. Inmediatamente, cuando estaba en el patio de la escuela, escuché nuevos tiros y no me imaginé que podían ser de ahí. Y, más tarde, mi hermana me dijo que esos dos o tres tiros eran del mismo policía contra Claudio, pero según dijo mi hermana, no le pegaron de nuevo. El que disparó tenía tez trigueña, ni muy negro ni muy blanco. El arma para mí la tenía preparada. Lo miró y disparó sin otro preparativo. Apenas abrió la puerta tiró, sin ningún tipo de advertencia de nada”.

V

Poco después de las dos de la mañana del martes 28 parto hacia la terminal de ómnibus. En el bolso llevo el CD de Varón, también el del Duende Garnica, formidable cantautor santiagueño que anduvo, como hormiga insondable y sencilla, en el tablado, en cada rincón de Ludueña; los dijes de alpaca, la hormiguita y el ángel en la bicicleta, que me ha regalado Celeste; remeras que pintó el Mono; un par de señaladores de libro, “La Casa de Pocho. Bodegón Cultural”, con la frase: “El uso total de la palabra para todos, no para que todos sean artistas, sino para que nadie sea esclavo”.

Fuera de la casa no siento frío ni calor. Me siento a mis anchas. Es una atmósfera peculiar. La de Ludueña y su tiempo cargado de novedad y memoria.

No debo volver la cabeza para caer en la cuenta de que él, como siempre, se ha quedado. Seguirá despertándose temprano para atravesar Rosario en su bicicleta, rumbo a la escuela número 756, “José Serrano”, del barrio Las Flores; con su timbre blando y apacible, por momentos desmañado, con palabras que brotarán de su boca como soplos, suaves, acaso melindrosas, continuará explicando que La Vagancia empezó con un encuentro de adolescentes que de la vida necesitaban matear, reunirse los domingos, compartir tortas fritas, música y palabras, palabras como las que florecieron en el taller: opción, compromiso, nosotros, búsqueda, ser, agradecimiento, hacer, construir, seguir, diversidad, identidad, contradicción, libertad.

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