La tercera vuelta
Miércoles 10 de octubre de 2018, por Adolfo Aguirre *
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La llegada a través de las urnas de una opción de gobierno fascista a la economía más fuerte de América Latina obliga a repensar las acciones del mundo del trabajo y los movimientos sociales respecto a este nuevo fenómeno que ya ascendía en Europa y que ahora se trasladó a Sudamérica, y puede poner en peligro no solo los derechos adquiridos sino también la vida de muchos en nuestra región.

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* Secretario de Relaciones Internacionales de la CTA Coordinador del Foro por los Derechos de la Niñez, la Adolescencia y la Juventud de la Provincia de Buenos Aires

El fenómeno Bolsonaro nos obliga a pensar qué pasó desde 2002 hasta la fecha, desde que Lula asume la presidencia de Brasil en una elección histórica comenzando un nuevo siglo y finalizó la experiencia neoliberal iniciada en los años 90’. Por un lado, tenemos que repensar las causas de este odio visceral al Partido de los Trabajadores y a las fuerzas progresistas y de izquierda en general. Por el otro, saber que los casos de corrupción probados de algunos funcionarios del país que sean sin importar su fuerza política generan repudio, y este se magnifica cuando se trata de fuerzas políticas de izquierda. Tampoco podemos perder de vista tampoco la pregunta por el rol de algunos sectores de la iglesia evangélica, del poder militar y por supuesto del poder judicial, con amplia injerencia en el ámbito de la política brasileña. Ello va de la mano con otra pregunta, sobre cuáles son las causas de que Brasil sea un país tan permeable al rol activo de las fuerzas armadas en la democracia. Este rasgo ya se mostró en el gobierno ilegítimo y usurpador de Michel Temer, pero corre el riesgo de potenciarse durante el mandato de Jair Bolsonaro en enero de 2019.

Hay un Brasil que se conoce a través de los libros de historia, de la literatura donde destaca a las claras la historia esclavista que redunda en una amplia porción de la población de afrodescendiente en el país. Pero con el correr del tiempo esta lógica esclavista no desapareció, sino que subsistió subterráneamente de la mano de las corrientes de pensamiento racistas, conservadoras, homofóbicas y de odia a pobres, trabajadores e izquierdistas que conforma un Brasil subterráneo que con el ascenso de Bolsonaro sale hoy del armario.

¿Por qué pasa esto? Porque el Partido de los Trabajadores, durante sus trece años y medio de gobierno ha intentado romper este odio subterráneo al incorporar a las mayorías sojuzgadas a los derechos sociales y ejercer una política de gobierno integral para ello. En este sentido, no es menor el hecho de que el propio Banco Mundial haya destacado la incorporación de 38 millones de personas a la clase media, es decir sustraídas de la pobreza, durante los gobiernos del PT. Así como también destaca la integración de un millón y medio de estudiantes a la universidad pública, en su mayoría indígenas, afrodescendientes y de bajos recursos, con la creación de trece nuevas universidades públicas federales en todo el país. El crecimiento del ingreso universitario en Brasil fue de 275% en diez años, mientras que en América Latina fue de apenas un 75%.

El proyecto político desplegado por el PT orientado a la incorporación de grandes porciones históricamente relegadas del pueblo brasileño que pasaron a ser ciudadanos de pleno derecho puso en discusión la lógica esclavista y racista de Brasil. No existen antecedentes de políticas públicas donde el Estado asuma la decisión de garantizar derechos con esta masividad en la historia brasileña.

En apenas dos años de gobierno de Michel Temer, de esos 38 millones de ciudadanos integrados por el PT, cerca del 30% volvió a caer en la pobreza. De la misma manera, el desempleo que durante los gobiernos de Lula bajó hasta un 4,8% haciendo asequible la idea de “pleno empleo” en Brasil, hoy se disparó hasta el 12%. En continuidad con las políticas de Temer, el proyecto de Bolsonaro es reducir el Estado, así como la soberanía sobre recursos naturales estratégicos a partir de la privatización de compañías estatales emblema en Brasil. Se trata de un modelo ultraliberal en lo económico y fascista en el plano político, que además de destruir la posibilidad de un desarrollo soberano y sostenible en Brasil pone en jaque a toda la región en la medida en que, tal como anticipan los dichos del futuro ministro de economía Paulo Guedes, atenta contra la integración regional y complementariedad productiva buscada tanto en el MERCOSUR como a través de la ya debilitada UNASUR. Esto implicará también la posibilidad de nuevas y peligrosas alianzas principalmente con Estados Unidos e Israel en lo militar y con la Unión Europea en lo económico, incluyendo la posibilidad de reeditar nefastas iniciativas como el ALCA contra el que resistimos fervientemente en el pasado.

El oscurantismo de Bolsonaro es por eso muy peligroso para la región en tanto puede generar un efecto contagio, pero solo pudo ser edificado sobre la criminalización del PT y la proscripción de su máximo líder orquestada previamente, proceso en el que el conglomerado mediático-judicial fue protagonista. Así se buscó responsabilizar al PT de todos los males de Brasil y colocarlo como el adalid de la corrupción que hundió al país en la miseria. Las redes sociales, por el escaso control que hoy tienen, fueron el vehículo perfecto para esta quirúrgica campaña.

Por eso vale destacar el caudal de 30 millones de votos que registró el PT en la primera vuelta electoral, sobre todo teniendo en cuenta que su candidato apenas tuvo un mes y medio para instalarse en la agenda pública y hacer campaña. A ello se añaden los 16 millones de votos sumados por el PT en el balotaje demostrando que hay un país que resiste, lucha y sigue comprometido en las calles y en las urnas con la lucha contra el fascismo, para decir no a la entrega del patrimonio brasileño en lo que hace a recursos naturales y derechos sociales adquiridos, postulando la defensa de la soberanía contra el neoliberalismo, el compromiso con la paz, la justicia social y la democracia. Frente a las amenazas de Bolsonaro sobre prohibir el activismo y ejercer la violencia y privación contra los opositores hay resistencia: los trabajadores, sindicatos y movimientos sociales decimos ni cárcel ni exilio, lucha en las calles. Para ello será fundamental revalidar y profundizar alianzas, como lo venimos haciendo desde la Jornada Continental por la Democracia y contra el Neoliberalismo desde 2016, para garantizar la apuesta por la participación popular para definir la política. La tercera vuelta acaba de comenzar.

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