Llorar como un hombre
Viernes 20 de julio de 2018, por Alfredo Grande *
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Uno de los mandatos de la cultura represora es que los hombres no deben llorar. Esta prohibición asocia llanto con debilidad, con falta de virilidad, con flojera. Por eso decir “hombre” no es solamente un genérico que abarca hombres y mujeres.

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* Psiquiatra y Psicoanalista. Director y actor teatral. Periodista y escritor Agencia de Noticias Pelota de Trapo (APE). Miembro Fundador y Presidente Honorario de ATICO (Cooperativa de Trabajo en Salud Mental)

Hombre en el marco de la cultura represora es una máquina de producir, de rivalizar, de sobresalir, de triunfar y de destruir. Los hombres no deben llorar pero los hombres si deben hacer llorar. No solamente a las mujeres, a las niños y niños, sino a otros hombrecitos que no clasifican en el mundial de las bestias.

Parafraseando estos mandatos, en un recital Chavela Vargas al despedirse del público que la ovacionaba dijo: “no lloro porque soy muy mujer”.virilidad, con flojera. Un hombre que llora es marica. Tiernito. Este mandato abre todo un debate de cómo la cultura represora y uno de sus constructos más reaccionarios, el patriarcado, subjetiva y condiciona las conductas masculinas. El mismo fundante se expresa en otro mandato. Cuando estaba instalada la idea (¿estaba?) de que en el servicio militar obligatorio los jóvenes “se iban a hacer hombres”. Gracias al coraje y a la inteligencia de Eduardo Pimental esa atrocidad pudo ser interpelada allá por el año 1982.

Ver a un hombre llorar conmociona porque no está en las expectativas culturales de occidente. Es más: hasta Cavallo lloró con lágrimas de cocodrilo de mercado. De hecho y de deseo, estoy escribiendo sobre el llanto de los hombres. Porque estoy conmovido. Aunque no solamente. También indignado, lleno de bronca, de odio, de ira, de la sana rabia ante la injusticia, la impunidad y la ignominia. La triple i de los tiempos de las guerras apenas enmascaradas en los planes de ajuste y exterminio.

El Fondo Monetario Internacional es el diablo. Como sabemos, diablo es otro de los nombres de dios cuando decide propiciar y tolerar lo horrendo. El doctor Fausto hizo un pacto con el diablo. Así le fue, porque cuando vendemos nuestra alma, no hay precio, y mucho menos cuidado, para recuperarla. Pero al menos fue un pacto por amor. Este pacto con el Fondo es para sembrar terror. Pacto perverso, pacto mafioso, pacto criminal. Y la condición fundante de ese pacto es el compromiso de amplificar nuevas campañas del desierto, para exterminar a mujeres, hombres, niñas y niños, que están en esos desiertos de la posmodernidad que algunos llaman conurbano, barrios, periferias, villas. Pero ya no con ejército con rifles y bayonetas. Ni siquiera generales, coroneles y capitales que enardezcan a la soldadesca sedienta de sangre de gauchos. Apenas son los CEOS cobardes que desde su zona de confort, son los docentes de los verdugos que cortan el gas, que cortan la electricidad, que no construyen escuelas, que cierran hospitales, agencias de noticias, institutos de tecnología.

Los CEOS TERMINATOR de última generación con rostro humano pero robotizado con una sola misión: asesinar a la humanidad sobrante. Entonces, como la víscera menos sensible es el cerebro, trabajadores de metrogás cortan el gas a una cooperativa de trabajo que fabrica garrafas. Y los exterminan a puro tarifazo.

Los CEOS TERMINATOR cumplen el plan para el que fueron entrenados. Los trabajadores que lo ejecutan son cómplices. Hasta en los códigos de guerra no hay obligación de cumplir órdenes injustas. Eso lo aprendí de mis amigos del Centro de Militares para la Democracia (CEMIDA). Coronel García, Ballester, Perlinger y tantos otros que fueron perseguidos, incluso bombardeados. Pero estos trabajadores que cortan gas y electricidad, forman parte del pacto perverso con el diablo. Y entonces, desayunando en mi humilde departamento de Constitución, maldiciendo porque el ascensor decidió no ascender ni descender más, veo a un hombre llorando. Porque su cooperativa ha sido castigada, multada, asesinada, con el napalm del tarifazo eléctrico y de gas. Apenas pueden retirar como excedente $12.000. Lo demás va a la cooperativa.

Y ese cooperativista, que debe tener una edad parecida a la mía, al menos seguro pertenece a la misma generación, lloró. Y en ese llanto fue poeta, fue mártir, fue combatiente, fue el héroe colectivo que nuestro Oesterheld había anticipado. Y pensé: y yo me irrito por un ascensor que pasó a mejor vida, aunque desconozco si hay un paraíso para los ascensores. Pero de lo que estoy seguro, es que hay un Valhalla para los que mueren en la batalla. En la diaria batalla contra todas las formas de la cultura represora. La historia se repite, pero no en forma circular. Mas bien como elipse, al igual que las órbitas de los planetas. Y en esas vueltas, ritornelos, todo pasado no sólo no fue mejor, sino que fue tan malo como este presente lleno de mandatos constitucionales.

No podemos esperar al 2019. No podemos permitir que la constitución nacional siga siendo la cueva de ladrones y asesinos. No podemos tolerar que los 4 años de mandato constitucional sean una licencia, renovable o no, para asesinar, para el sufrimiento, para la tristeza, para el renovado dolor de cada mañana. No seré cómplice de ningún pacto con el diablo, sea el Fondo Monetario Internacional o la Constitución Nacional. Un poeta, Celedonio Flores, lo dijo con la claridad de los sabios y los honestos. Autor de uno de los pocos, no tan pocos en verdad, pero si ocultos, tangos de protesta: “Él sabe que tiene para largo rato, la sentencia en fija lo va a hacer sonar, así -entre cabrero, sumiso y amargo- la luz de la aurora lo va a saludar. Quisiera que alguno pudiera escucharlo en esa elocuencia que las penas dan, y ver si es humano querer condenarlo por haber robado... ¡un cacho de pan!... Sus pibes no lloran por llorar, ni piden masitas, ni chiches, ni dulces... ¡Señor!... Sus pibes se mueren de frío y lloran, hambrientos de pan... La abuela se queja de dolor, doliente reproche que ofende a su hombría. También su mujer, escuálida y flaca, con una mirada toda la tragedia le ha dado a entender. ¿Trabajar?... ¿En dónde?... Extender la mano pidiendo al que pasa limosna, ¿por qué? Recibir la afrenta de un ¡perdone, hermano! Él, que es fuerte y tiene valor y altivez. Se durmieron todos, cachó la barreta, se puso la gorra resuelto a robar... ¡Un vidrio, unos gritos! ¡Auxilio!... ¡Carreras!... Un hombre que llora y un cacho de pan”

El tango PAN cuenta la historia, triste historia, de un hombre que llora por un cacho de pan. De impotencia, de desesperación, del dolor insoportable de no poder proteger y amparar a los que ama. También por la culpa de la víctima, mientras el victimario niega su culpabilidad. Me olvido del ascensor, pero no me olvidaré nunca que hay que ser muy hombre para poder llorar.

Fuente: www.pelotadetrapo.org.ar

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