¿Si Dilma fue la primera víctima, Lula la segunda? Sin duda los mártires son millones
Viernes 11 de mayo de 2018, por Alicia Parodi *
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Dos décadas atrás la CIA estrenaba una nueva estrategia para derrocar gobiernos antiimperialistas sin avivar la ira universal. La estructura ideológica se nutre de la teoría emanada del Albert Einstein Institute, bajo el ala de Gene Sharp, el politólogo y filósofo cuestionador de los golpes de Estado tradicionales.

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* Politóloga. Docente Universitaria. Referente de la CTA A en La Rioja.

Su teoría es consistente, pragmática y a todas luces implementada en la Guatemala de Zelaya; el Paraguay de Lugo; el Brasil de Dilma. Washington no aceptó la nueva realidad geopolítica del debilitamiento de su hegemonía y salió con toda su fuerza a reconquistar una supremacía corroída por nuevos proyectos populares que atentaban contra sus intereses. No menoscabó su histórica alianza con los sectores de poder que mangonearon para desgastar las fibras democráticas de los pueblos latinoamericanos, especulando con la posibilidad de volver a tener ganancias descomunales.

Sharp dio un giro al paradigma violento de asalto al poder y la estrategia del “golpe suave” la maquinó en etapas, ya sea ponderada o simultánea. Optó primero por emplear la táctica de la guerra de IV generación o ablandamiento sociológico, cabalgando sobre los conflictos y debilidades. Instaló el descontento, la apatía y la falta de participación política de las masas. Impulsó en el seno de la opinión pública, matrices simbólicas centralizadas en carencias potenciales o reales: inseguridad, lockout patronal, corrupción, disloques sociales y fracturas del campo popular.

La deslegitimación es la segunda instancia. La manipulación mediática en defensa de libertades y derechos consagrados en el liberalismo hicieron eco en los grupos y movimientos anti populares, por efecto derrame bañaron al conjunto social con la utilización del pensamiento único. Logrando la grieta ético-política.

El recalentamiento de las calles, promoviendo la movilización de la reacción, bajo una plataforma integral que globaliza demandas, constituye la tercera etapa. El irrespeto a las instituciones democráticas y el enfrentamiento de sectores populares y oligárquicos o de pobres contra pobres, radicaliza la protesta y deja plantada la guerra psicológica. El uso de infiltrados y provocadores en protestas populares, legitima la represión que es pedida a gritos por los sectores cómplices o cooptados. Va creando poco a poco el clima propicio de ingobernabilidad y operación sobre las fuerzas de seguridad.

El momento esperado llega en la quinta secuencia: la fractura institucional. Cubiertos en el asiento del accionar en las calles, toma de instituciones públicas y alzamientos militares, la o el presidente es derrocado al ser obligado a renunciar. La alternativa de un fracaso alienta la presión callejera o abona el campo de una guerra civil para el aislamiento y la injerencia extranjera. Resta el bloqueo económico, el desabastecimiento, el hambre del pueblo y el financiamiento a los grupos opositores de los gobiernos democráticos.

Latinoamérica fue el ensayo del éxito de la avanzada neoliberal, Honduras, Paraguay y Brasil son íconos de desestabilización. Venezuela y Bolivia se mantienen mientras remontan el golpe blando. Argentina, no es la excepción, a pesar de los errores y de poner en práctica el reformismo y no la transformación, la reacción saldó su deuda con los votos y no con las botas. El foquismo de la acción disuade todo debate sobre la legitimidad de la metodología de la no violencia, que se acepta como parte misma del juego democrático, maquilla políticas antidemocráticas elaboradas en el Pentágono. El encarcelamiento de Lula es la coronación de una suerte de acciones que comenzaron con el golpe a Dilma y son parte de un proyecto de desigualdad y quita de derechos para los más vulnerables que pretende extenderse sobre todo el continente.

Con una hipocresía suprema reverenciaron los tiempos que sella la formalidad, el ritual parlamentario fue fiscalizado por el presidente de la Corte Suprema. ¿Alguna diferencia en el resultado? No fue más que el avasallamiento de la voluntad popular y la destitución de un gobierno democrático, para imponer un régimen de facto elitista y nostálgico del pasado.

¿Si Dilma fue la primera víctima, Lula la segunda? El martirio supremo se yergue sobre las grandes mayorías. Hirieron a la soberanía popular. Encarcelaron al primer trabajador que llegó a ocupar el cargo de presidente, el que no transitó por los claustros de casas de altos estudios, pero construyó universidades; disminuyó la pobreza del 33% al 11%, creó 14 millones de empleos fijos, le tocó el bolsillo a la oligarquía brasileña, que no se lo puede perdonar. El encierro es en definitiva un galardón, hay castigos que son honores.

“La cárcel es muy pequeña para un hombre de la dimensión de Lula”, sostuvo Gleisi Hoffmann, presidenta del PT de Brasil. La primera mujer en ocupar ese cargo en el Partido de los Trabajadores resalta que la maniobra asestada contra el ex mandatario radica en “golpearlo anímicamente” y que al juez Moro “le salió el tiro por la culata” al privarlo de su libertad, dado que “todo el país mira hacia Curitiba”. Agregaría a su declaración que todas y todos los que luchamos por una patria grande más justa, libre, igualitaria y equitativa tenemos los ojos puestos en Curitiba.

Las organizaciones sociales, políticas y gremiales del bloque regional en general y la CTA Autónoma en particular estamos generando dispositivos defensivos que nos permitan resguardar las conquistas de nuestros pueblos y reivindicar la construcción de una Latinoamérica emancipada como la que soñaron los 30 mil compañeras y compañeros detenidos-desaparecidos. No vamos a bajar las banderas de la liberación ni las del “Grito de Burzaco”. A lo largo y ancho del país estamos dispuestos a seguir creando nuevos Comité “Lula Libre” como lo hicimos en La Plata y Berazategui. Parafraseando a uno de los más grandes internacionalistas argentinos: “El presente es lucha, el futuro es nuestro”.

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