¿Se acabó el trabajo?
Miércoles 14 de marzo de 2018, por Bruno Dobrusin *
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En su informe del 2017, el Foro Económico Mundial suena la alarma: casi la mitad de las acciones en los empleos actuales pueden ser automatizadas. Comienzan las editoriales por todo el mundo sobre el fin del trabajo.

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* Colaborador de la Secretaría de Relaciones Internacionales de la CTA

La idea de un ingreso básico universal es promovida por izquierda y por derecha. La proponen organizaciones progresistas y también la propone el dueño de Facebook. Sin embargo, detrás de la narrativa de la automatización total del trabajo se esconde la profundización de la disputa entre capital y trabajo. Si existe un reto en la actualidad, más que la introducción de tecnología, es la promoción de las “industrias colaborativas” (estilo UBER). Vamos por parte.

El informe del Foro Económico Mundial no es concluyente. El título que más de la mitad de los empleos podrían ser totalmente automatizados es engañoso, ya que lo que se indica es que determinadas funciones podrían ser (y de hecho lo son constantemente) automatizadas. Otro estudio de la misma época realizado por la consultora Price Water Cooper (PwC) indica que menos del 5% de los trabajos actuales podrían ser totalmente automatizados, mientras que el 60% de esos empleos tienen tareas que sí pueden ser automatizadas. En otras palabras, no van a desaparecer los empleos en su totalidad, sino que se introduce tecnología en diferentes etapas, como de hecho se viene produciendo desde el comienzo del capitalismo.

La introducción de tecnología significa que algunos empleos efectivamente desaparecerán, mientras otros nuevos se crearán y muchos cambiarán su forma de realizarse. Lo que se discute no es el avance tecnológico, que es innegable, sino la política de la tecnología. Quiénes poseen estás tecnologías, su negociación o no al momento de introducirlas al empleo, y los beneficios que éstas producen en los lugares de trabajo y en la sociedad. Un ejemplo histórico es Europa de los años sesenta y setentas, cuando la tasa de inversión en tecnología fue más alta que ahora, y sin embargo esas sociedades tuvieron pleno empleo. Esto lleva el debate a otra esfera, la política, y la discusión debemos centrarla sobre la fuerza estructural del sindicalismo en aquella época y la debilidad actual frente a los grandes capitales.

La narrativa de un futuro del trabajo “sin trabajadores” es, además de vieja, contradictoria con los propios estudios que la promueven. El mismo informe del Foro Económico Mundial que indica que casi la mitad de los empleos pueden perderse, también evidencia que entre los empresarios entrevistados, el 44% respondieron que el principal factor en el empleo de los próximos años es la reorganización del trabajo mediante nuevas formas de flexibilización. Sólo el 9% respondieron que la robótica será el principal motor de cambio tecnológico. Es acá donde entran en juego empresas como UBER o AirBnB.

La economía “colaborativa”

El principal riesgo del empleo en la actualidad no son las nuevas tecnologías sino la reorganización mediante la denominada “economía colaborativa” (o Gig economy en inglés). Esto no es más que el constante subsidio de trabajadores pobres a los dueños de las plataformas. El caso más conocido es UBER, la empresa de transporte donde todos los costos y riesgos son trasladados al trabajador, mientras el cannon por usar el aplicativo es del 25% de cada viaje y la empresa decide los niveles de tarifas y las condiciones del servicio.

Empresas como UBER se expanden a costas de subsidios por parte de los propios trabajadores y de los Estados que permiten regulaciones más laxas. Tomando como ejemplos los lobbies del alcohol y del tabaco, empresas de este estilo interfieren en los Estados evitando que se apliquen regulaciones existentes a sus casos. En algunas situaciones, llegan hasta escribir las propias legislaciones que van a regularlas.

La OIT estima que más allá del desempleo, el gran problema actual en el mundo es el empleo vulnerable, que abarca a los 1400 millones de personas. Empresas como UBER profundizan la precarización al interior de sectores formales, en especial en transporte y hotelería. Un informe recién finalizado del MIT en Estados Unidos relevó la situación de choferes de UBER en varias ciudades de ese país, donde más extendido está el servicio. El hallazgo principal es que de los 1100 conductores encuestados, el 74% gana menos que el salario mínimo (de por sí bajo) de sus Estados. El cálculo tomaba la tarifa de base descontando todos los gastos de mantenimiento del auto, seguro, nafta e impuestos, incluido el 25% que se debe pagar a la empresa proveedora del aplicativo. Es decir, empresas como éstas generan empleos de pobreza, con los trabajadores subsidiando ganancias extraordinarias a las empresas.

Ante este panorama, existen diferentes respuestas. Por un lado la negociación con todas las partes de la introducción de tecnología, en especial en sectores sensibles en términos de empleo. Esta es la opción más difícil, por la renuencia de los gobiernos a intervenir al interior de las empresas.

Un segundo camino sería la regulación de los sectores “colaborativos”, para que rijan normas iguales a las de los demás sectores de la economía. Ante el feroz lobby empresarial, esta alternativa también es difícil.

La tercera posible es la organización sindical dentro de estas empresas. Existen casos exitosos de sindicatos de choferes de taxi organizando a trabajadores de UBER, inclusive ganando juicios en las cortes demostrando que UBER es un empleador (como en el caso de Londres). Esta opción implica abandonar la estrategia ludista de buscar destruir los autos o castigar a los choferes, y enfocarse en las empresas. No es imposible, se hizo antes y se está haciendo ahora. Lo más importante es no dejarse llevar por los cantos de sirenas del capital.

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