Camila
Martes 27 de febrero de 2018, por Claudia Rafael *
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En la imagen, tiene la sonrisa a medias -casi de compromiso como cuando los chicos no tienen ganas de que les hagan una foto- y la cabeza levemente inclinada hacia su propia derecha.

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* Periodista. Agencia de Noticias Pelota de Trapo (APE)

Su remera refleja corazones y símbolos de la paz que en los últimos estertores de su vida no conoció. Camila Borda tenía 11 años, vivía en Junín. Una ciudad de unos 85.000 habitantes, tres cárceles, una vida y movimientos de oscuridades como tantas ciudades y pueblos atravesados por las políticas neoliberales que destrozaron el trabajo y abrieron estruendosamente sus puertas a las changas y la informalidad laboral.

Camila en la foto tiene el cabello revuelto, como quien viene de jugar a las escondidas o a la mancha. O se bajó de la bici, descendió de un árbol o fue sacada para el instante del click de un universo de magias. Camila vivió y murió en el barrio Ricardo Rojas, uno de los 55 dentro de una ciudad arrinconada, en el noroeste de la provincia más rica del país, contra las aguas del Salado.

Camila es una niña más. Entre tantas. Sometida al poder y al desprecio de un adulto. No de un monstruo. Porque no hay monstruos del lago Ness o nahuelitos que asomen del agua para devorar a la infancia. “Los monstruos existen pero son demasiado poco numerosos para ser verdaderamente peligrosos. Los que son verdaderamente peligrosos son los hombres comunes”, escribía Primo Levi.

Y José Carlos Varela, el hombre detenido por violar y asesinar a Camila, el mismo que salió con el torso desnudo y las manos ensangrentadas a la puerta de la casa en la que era cuidador, es un hombre común. Tan común como infinitos seres que contaminan con su crueldad, con su extrema perversidad, a la condición humana.

No hay dioses ni superhéroes o superheroínas que puedan arrancar a las niñas como Camila de las garras de la impiedad. No hay condescendencia para la infancia. Olvidar a la niñez, como decía Evita casi 70 años atrás, es renunciar al porvenir. Y hace demasiado tiempo que se renunció al porvenir. A la ternura. A una sociabilidad humana abonada por el abrazo.

Camila ya no es. Y no habrá incendios ni linchamientos que la retrotraigan al momento previo a la salida a hacer un mandado. Porque se volverá una y otra y otra vez al instante en que el modelo desigualador e impiadoso le clavará las uñas y le desgarrará la utopía de remontar sobre un barrilete que la lleve lejos del oprobio y la atrocidad.

Porque una y otra y mil veces más será salvajemente apropiada para hacer con su cuerpo el territorio de toda violencia y luego convertirla en un objeto digno del descarte.

Fuente: www.pelotadetrapo.org.ar

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