Alan, “Chipi”, el relato oficial y las maestras que no fueron escuchadas
Sábado 17 de febrero de 2018, por Carlos del Frade *
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“…Luego de trabajos de investigación detuvimos hace instantes a Alan Funes, que estaba aterrorizando a Rosario e intentando dominar el territorio”, escribió la ministra de Seguridad de la Nación, Patricia Bullrich, a las 8.01 del martes 23 de enero de 2018, en su cuenta de twitter.

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* Periodista. Agencia de Noticias Pelota de Trapo (APE)

El sábado 27 de enero, la tapa del diario “Clarín” mostraba las fotos de Alan Funes, de 19 años, y su novia, Jorgelina “Chipi” Salerpe, de 24 años, sacándole la lengua a los fotógrafos. El título seguía la lógica de la Ministra: “Alan y Chipi, la pareja de narcos que aterrorizaba a Rosario”.

Los dos muchachos, en realidad, forman parte de una sub-banda del barrio Municipal, enfrentada con otra, desde hace años, “los Camino”, hijos del que fuera el legendario jefe de la barra brava de Ñuls, Roberto “Pimpi”Camino, asesinado el 19 de marzo de 2010, el mismo día del cumpleaños del ex presidente del club del Parque Independencia, Eduardo López.

Ambas pandillas eran brazos secundarios de dos bandas reales y con peso en distintos barrios de la ciudad como eran “Los Monos”; en el caso de “los Camino”, por un lado, y los que trabajaban para Luis Medina, los Ungaro y los Funes, por otro. Aunque en los últimos veintidós meses se contabilizaron 36 asesinatos por esos enfrentamientos, la afirmación de la ministra Bullrich sobre que Alan Funes era el terror de los rosarinos es una exageración rayana a la mentira. Una inflación solamente coherente con una política de amplificar los supuestos logros de la “lucha contra el narcotráfico” ante los grandes medios de comunicación de Buenos Aires que, en el país unitario que es la Argentina en realidad, terminan definiéndose como los medios “nacionales”. Inflación, exageración y amplificación de hechos pequeños suponen, en definitiva, un relato. El relato del macrismo desde su asunción: el combate al narcotráfico. Siempre golpear a los últimos eslabones de comercialización y presentarlos como si fueran el Chapo Guzmán o Escobar Gaviria y, por otra parte, dejar siempre invicto a los financistas, a los titiriteros del negocio narco. A los que viven y multiplican sus dineros en el centro de las grandes ciudades de las tres principales provincias argentinas: Buenos Aires, Santa Fe y Córdoba.

Porque el narcotráfico, según datos del propio Ministerio de Seguridad de la Nación en la primera semana de 2018, aumentó: la cantidad de cocaína se duplicó en 2017, como también se incrementaron las cantidades de marihuana y droga sintética en toda la geografía nacional.

Pero las fotos más famosas de Alan no fueron las difundidas cuando entra esposado en los tribunales rosarinos, sino aquellas que lo identifican lanzando ráfagas de metralladora al cielo en las fiestas del fin de año 2017.

Esa fotografía, en realidad, ya había sido anunciada por las maestras de varias escuelas rosarinas que alrededor del año 2010, informaban a este cronista que sus chicos de menos de doce años dibujaban pibes solitarios con la pelota olvidada y, a su lado, una barrita con risas marcadas como si fueran la mueca del Guasón, disparándole al cielo.

Alan Funes es la continuidad de aquello que fue alertado por las siempre atentas trabajadoras de la educación. El costo de no escuchar a las maestras, los sacerdotes de base, los trabajadores sociales, los militantes barriales y los profesionales de la salud, son estos relatos y estos dolores.

Alan, “Chipi”, el relato oficial y las maestras que no fueron escuchadas de una piba como la “Chipi” que estuvo señalado en los apuntes de estas maestras y maestros cuando decían, también a principios de la segunda década del tercer milenio, que las chicas ya no soñaban con ser botineras, novias de jugadores de fútbol, sino con ser “narqueras”, novias de los narcos barriales.

Tampoco fueron escuchadas ni tenidas en cuenta.

Los dramas individuales que expresan Alan y “Chipi” son dolores colectivos que hace rato fueron anunciados por la sensibilidad atenta de diversos actores sociales.

El desprecio de aquellos anticipos de violencias peores forma parte de una impunidad que difícilmente pueda solucionarse con el relato exagerado de gobiernos que, en realidad, más que combatir al narcotráfico, hacen control social.

Fuente: www.pelotadetrapo.org.ar

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