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Prohibido ser feliz...
Miércoles 10 de enero de 2018, por Alfredo Grande *
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“La alegría sin tristeza se desliza hacia el mandato del ´todo bien´ y la vivencia de manía y triunfalismo de los ganadores. La tristeza sin alegría se desliza hacia la culpa melancólica, la parálisis, y la entrega sin luchar".

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* Psiquiatra y Psicoanalista. Director y actor teatral. Periodista y escritor Agencia de Noticias Pelota de Trapo (APE). Miembro Fundador y Presidente Honorario de ATICO (Cooperativa de Trabajo en Salud Mental)

"La felicidad rescatada del alucinatorio de la mercancía, solo será revolucionaria cuando se una a la justicia y a la paz. Le felicidad tiene la sabiduría de los pueblos, que saben esperar. Tristes y alegres. Alegres y tristes. Nuestra lucha continúa hasta la victoria y hasta la felicidad... ¡siempre!”. Este texto que publiqué en las redes sociales, motivó esta respuesta de mi gran amigo, el doctor Gregorio Baremblitt, uno de los pocos sabios que en el mundo han sido: “cuando uno al leer, siente que un puñado de letras lo ha dicho todo, eso anima a seguir escribiendo. Abrazo inmanente. GB.”

Para la cultura represora, es necesario el masacote de ideas, de sentimientos, de políticas, de pensamientos, de sentimientos. Por eso creo que un acto político necesario es discriminar. No para segregar y apartar, sino para diferenciar y actuar en consecuencia.

Los registros que se superponen y apelmazan, impiden entender los elementos que están presentes. Es como esas discusiones de consorcio en las que discutimos con ímpetu sin saber de que estamos discutiendo. Lo único que queda claro es que queremos discutir. Y pelear. Y castigar. Y denigrar. Todos tenemos cultivo de cultura represora en nuestra subjetividad. Y aunque yerba mala nunca muere, algunos, no demasiados, intentamos que la yerba buena siempre viva.

Para eso es necesario lo que denomino un “análisis colectivo de la implicación”. O sea: la auto crítica como ejercicio vincular y grupal. “Qué nos sucede vida mía…que últimamente….” cantaba el changuito cañero. Y lo que nos sucede últimamente, al menos a mi criterio, es que tomamos ciertos pensares y ciertos decires sin explicitar contexto.

Por lo tanto el texto tiene el sentido que el mayor poder quiere darle. Yo tengo formación teórica psicoanalítica freudiana. Hay cosas peores. Cuando algunas y algunos critican y reprochan al psicoanálisis no por sus defectos, sino por sus virtudes, les recuerdo una idea de Freud: “cuando el Estado se opone a la violencia no es para eliminarla sino para monopolizarla”. Nada mal para un médico liberal que atendió en Viena casi toda su vida. O sea que valorar la alegría y denostar la tristeza me parece una simplificación.

No soy filósofo y mi lectura de Spinoza es débil. Pero siempre entendí que no diferenciaba tristeza de melancolía. Quizá me equivoque, pero en muchas de las referencias leídas ambos registros aparecen “masacoteados”. O sea: apelmazados y mezclados. Y obviamente, en un mismo lodo, todos manoseados. Se produce un cambalache conceptual, teórico y político.

No estoy exento de ese riesgo. Por eso intento establecer registros diferentes. Creo que toda política libertaria, transformadora, revolucionaria, está impregnada de alegría y de tristeza. Y también está impregnada de odio y de amor. Alegría es cuando alcanzamos nuestras metas. Cuando nos acercamos a nuestras más profundas aspiraciones. Al cumplir nuestros deseos. Y la alegría es contagiosa. Y saludable. Hay alegría pero antes o después, habrá tristeza. Porque todo lo perdido está clavado en la memoria, como nos advierte León Gieco. Y podemos animarnos a estar tristes sabiendo que la tristeza nos acompaña pero no nos doblega.

Alegría y tristeza: pulseada necesaria porque siempre conseguimos algo, a veces mucho, y siempre perdemos algo, a veces mucho. Alegría y tristeza es una bella pareja que potencian las luchas libertarias. Pero la cultura represora captura a la alegría y la transforma en manía: el mandato de estar alegre. Pum para arriba. Ponete las pilas. Refresca mejor. La manía aborrece la tristeza porque la cataloga como debilidad. Flojera. Sin embargo, la cultura represora adora la melancolía. Que es culpa, reproche y autocastigo. Y como dijimos “la culpabilidad del victimario se diluye en la culpa de la víctima”. El “por algo será” que le permite al torturador serial Etchecolatz disfrutar de una cárcel de privilegio.

Manía y melancolía son una siniestra pareja que sepulta todas las luchas emancipatorias. Si no diferenciamos estos cuatro registros, el riesgo, a mi criterio, es importante. Es pensar con las categorías que la cultura represora encriptó en nuestras mentes para ser pensada. Ganadores y perdedores. Banalización del conflicto social. Siempre habrá pobres entre ustedes. Y siempre habrá ricos, aunque muchísimos menos. Dictadura, mas allá de que su origen sean los votos o las botas o ambos, es el monopolio de la fuerza pública, de la decisión pública, de la opinión pública, de los dineros públicos. Monopolio es Dictadura. Monopolio de la manía y de la melancolía.

Cuando podamos mantener la alegría y la tristeza como partes necesarias de la misma voluntad de luchar, entonces podremos propiciar un nuevo instituyente: justicia, paz, felicidad. Mientras tanto, podré sonreír, reír, estar serio o llorar. Pero nada quebrará mi convicción de que esté prohibido, éticamente prohibido, ser feliz en dictadura.

Fuente: www.pelotadetrapo.org.ar

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