Macrillaje
Jueves 27 de julio de 2017, por Alfredo Grande *
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Estoy intentando descifrar un nuevo enigma, apto para cualquier Esfinge. ¿Cómo podemos tolerar la crueldad? No digo el acto cruel, la respuesta cruel, el insulto cruel, la conducta cruel. Digo la crueldad. O sea: la crueldad como modo permanente, planificado, y consumado de generar sufrimiento.

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* Psiquiatra y Psicoanalista. Director y actor teatral. Periodista y escritor Agencia de Noticias Pelota de Trapo (APE). Miembro Fundador y Presidente Honorario de ATICO (Cooperativa de Trabajo en Salud Mental)

No pienso que primero haya que saber sufrir, como canta el polaco Goyeneche en “Naranjo en Flor”. Si lo primero que sabemos es sufrir, entonces el sufrimiento deja de ser contingente, o sea, ocasional, para ser permanente. Es más: no sufrir es apenas el anticipo de nuevos sufrimiento.

Siempre que salió el sol, llovió. Y el sufrimiento que siempre es integral, o sea, corporal, mental y social, deviene estructural. Quiero decir: estructura se opone a historia.

Estructura se opone a devenir. Estructura se opone a creación. Y el sufrimiento estructural queda, y no puede ser de otra manera, naturalizado. “El que nace barrigón, es al ñudo que lo fajen”. Así será, nomás. ¿Cómo fajar al sufrimiento si justamente te fajan para sufrir?”. Los que sufren sólo pretender dejar de sufrir. Al menos, sufrir menos. No sufrir entonces es el único placer permitido. Las huellas del placer, del erotismo, de la alegría, están ausentes. O apenas dibujados en el inestable piso de la sufrida vida cotidiana. El sufrimiento estructural legitima la crueldad. Es resultado de la crueldad y por lo tanto, no puede pensarla por fuera de un destino trágico, pero necesario.

El “por algo será” llegó para quedarse. La marca con el hierro candente no se borra nunca más. Las caricias pasan, las cicatrices quedan. A los maestros del dolor les pagan. A los maestros del placer los encarcelan. Esta crueldad legitimada, convierte a la cultura represora no en un mal necesario, sino en un bien inevitable. O sea: no se lo puede evitar, impedir, detener. La cultura represora es cultivo puro de sufrimiento y crueldad.

Como todo efecto, el sufrimiento y la crueldad se convierten en causas de nuevos sufrimientos y nuevas crueldades. Esa es la foto que la cultura represora le importa destacar. En un envío de la Red contra la Violencia Institucional leo: “La utilización mediática de un niño infractor a la ley penal con 11 años es penosa. Vive en zona sur del conurbano bonaerense (Lanús Oeste). Madre recicladora de basura e integra cooperativa (…) El niño no está escolarizado aunque la educación es obligatoria. No concurre a la escuela desde segundo grado. No realiza controles periódicos de salud. Consume desde los 7 años (marihuana y paco). Consume en Zavaleta (CABA). Es violento. El órgano de protección integral de la Pcia. de Buenos Aires interviene desde que tiene 5 años.

Quizá 20 años no es nada, pero a esa edad 6 años es mucho. Las huellas del hierro candente del sufrimiento y la crueldad día y noche, noche y día, no podrán curarse jamás. Pero aún la cultura represora, organizada como Estado Terrorista, necesita alguna piel de cordero. O varias. Y la piel de cordero que todos los lobos sanguinarios han usado, es la democracia representativa. No siempre los lobos y lobas están igualmente hambrientos y desesperados. Pero con pala siempre se llevan la plata.

Se preguntan los cínicos y los cómplices si la pobreza genera delito. Nunca preguntan de cuántos delitos es producto la riqueza. A pesar de la afirmación de Bertold Brecht de que el delito mayor era fundar un banco, no robarlo. Recuerdo la afirmación de Sir Winston Churchill: “la democracia es un mal sistema, pero es el mejor que tenemos”. Ahora mal: ¿el mejor para qué? Décadas después de la temeraria afirmación, ensayo una respuesta. Es el mejor sistema para maquillar, encubrir, disimular, tapar, el verdadero rostro sanguinario de la cultura represora. Pero el mejor maquillaje puede tener zonas de precaria cobertura.

Laura Taffetani escribe: “Pero también pareciera que nos quedaríamos cortos si le quitáramos fuerza a lo que el Polaquito dice orgulloso frente a las cámaras y nos proponemos maquillar la realidad que viven nuestros pibes reclamando el respeto de una inocencia que ya les había sido arrebatada mucho antes de nacer, ya desde el flaco vientre de sus madres. El Polaquito en su diálogo con el periodista, está denunciando, nos está denunciando y nosotros seguimos negándolo”.

El Polaquito no sabrá que el Polaco Goyeneche cantaba que primero hay que saber sufrir. El polaquito lo sabe, porque primero y último, lo único que sabe es sufrir. Que la inocencia no les valga, aúllan los lobos mediáticos, los lobos funcionarios, los lobos policiales, los lobos empresarios, los lobos representantes. Y ese aullido bestial, de alto rating, será el coro demoníaco que acompañará la sobrevida y la supervivencia de todos los polaquitos y todas las polaquitas.

Hoy gracias a la piedra filosofal y la alquimia letal que nos impuso cambiemos, el macrillaje parece un rostro humano. Pero no lo es. A 100 años de la revolución socialista de octubre 1917, hay razones para pensar que otro gallo rojo volverá a cantar. Entonces, podremos decir que el macrillaje tampoco les valga.

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