Crónicas del Posadas
Lunes 15 de mayo de 2017, por Ignacio Pizzo *
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El fallo judicial que otorga el beneficio del 2x1 y habilita la impunidad del genocida Luis Muiña, miembro del grupo conocido como SWAT -operó en el Hospital Posadas a partir del 13 de julio de 1976- es al mismo tiempo corolario y punta de iceberg de un historial que desde tiempo pretérito a la dictadura ,y después de ella, no cesa en contabilizar homicidios dolosos del Estado.

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* Médico generalista en Casa de los Niños, Fundación Pelota de Trapo

El Posadas y sus barrios aledaños, guardan historias que narran luchas, horrores y dolores de un país que ha hecho todo para deshumanizarse.

El Hospital Posadas se erige como un coloso a la vera del acceso oeste. Iniciada su construcción como futuro nosocomio de enfermedades respiratorias por la Fundación Eva Perón y con Ramón Carrillo al frente del Ministerio de Salud, continuada por la Revolución Fusiladora de 1955,transformado en hospital general por otra dictadura llamada Revolución Argentina, fue testigo de ladrillo de la decadente imposición capitalista que dictadores y civiles ayudaron a consolidar con picana y submarino.

Su imponente estructura marmórea está de espaldas a los Barrios Carlos Gardel y Presidente Sarmiento, mal conocidos como “Villa Carlos Gardel”, cuyo emplazamiento entre las calles Marconi en el oeste, Autopista Acceso Oeste en el sur, Carlos Gardel por el norte y la avenida Perdriel hacia el Este, exhibe que el lejano país de la intemperie es a pocas cuadras del cerco de los intercambios sociales. La porción de tierra que pertenecía a la familia Martínez de Hoz, es hoy el cruento ejemplo de un formato que se repite en nuestra extensión territorial: las periferias urbanas y la ñata contra el vidrio de los abandonados de siempre, de los torturados con la picana del olvido, de los sumergidos en la estadística del excedente.

La historia del barrio es la historia del plan de erradicación de Villas de Onganía, con los habituales desalojos violentos desde la capital al otro lado de la General Paz, por parte de fuerzas armadas que vieron y siguen viendo como enemigos internos a trabajadores, trabajadoras, obreros, inmigrantes, niños murgueros, pibes de gorrita y de tez trigueña. Es el barrio que supo fundar un sueño de comunidad, como lo cuentan sus protagonistas, quienes planteaban necesidades y soluciones con las autoridades del Hospital y organizaban operativos de salud mientras se ilusionaban con el triunfo electoral del peronismo en 1973.

Era el Día del Niño con proyección de películas infantiles en el Aula Magna del Posadas, donde no se conocían los muros, y los picnic familiares de sábados y domingos, como testimonian sus actores, era el paisaje habitual en el parque del hospital, que aparte de su rol sanitario, era un punto de reunión de fantasías, un verdadero centro comunitario, quizá porque aún rondaba el alma viva de la eterna hada madrina de Los Toldos. Otros tiempos, que algunos llaman de Argentina año verde.

Pero el verde militar fue el que predominó a partir del 28 de marzo 1976 con Reynaldo Bignone a la cabeza del espanto. Tanquetas, helicópteros y tiradores apostados en árboles, se convirtieron en recepcionistas de pacientes y trabajadores del centro de salud. En ese contexto se puso en marcha un grupo de tareas paramilitar encabezado por Ricardo Nicastro, subcomisario de la Policía Federal, se autodenominó Swat. Dentro mismo del hospital funcionó el centro clandestino “el Chalet”, donde se practicaban las torturas a trabajadores de salud y militantes, previamente interceptados y amedrentados en pasillos y salas de internación, tal como lo describe Gladys Cuervo ex enfermera del Hospital en una reportaje otorgado a Página 12.

Los barrios vecinos al Hospital, Carlos Gardel y Presidente Sarmiento - antes del golpe llamado Mario Pujadas- corrieron la misma suerte. Las fuerzas armadas funcionaron como verdaderos ejércitos de ocupación, y así, a base de uniforme y cachiporra, se desarticuló la organización barrial. El barrio estaba militarizado, se realizaban operativos y varios vecinos, militantes de distintas tendencias, fueron secuestrados y desaparecidos.

En este derrotero eterno, los 80 y los 90 con una democracia impostada fueron tiempos de expansión demográfica, hacinamiento, desocupación transgeneracional, corruptelas estatales y planes sociales sesgados, disciplinadores e inconclusos. Llegamos los que pudimos a los 2000 y las fuerzas de seguridad que antes buscaban militantes y usurpadores de monoblocks de “La Carlos Gardel”, ahora simulan operativos antidrogas, mientras se dispersa el paco de manera implacable y eso excusa a los uniformados para primero matar y luego preguntar.

El 2017 nos permite contemplar un Hospital Posadas parcheado que no da abasto, donde sometemos a nuestros hermanos más desprotegidos a la sistemática fila madrugadora, a los ascensores irreparables, a las cucarachas tapizando paredes, a internaciones en pasillos. Conciudadanos con patologías de alta complejidad, a los que se les administra medicación que requiere controles estrictos en un banco de plaza, cuando se requeriría para tal situación una terapia intensiva. Parte de un desastre cotidiano narrado por profesionales y pacientes resignados, algunos provenientes desde localidades lejanas, porque la realidad en sus hospitales locales es aún más horrorosa.

Es así como los jueces Rosenkrantz, Highton y Rosatti, no sólo pasarán a la historia por dejar libre a un criminal de lesa humanidad, y sentar precedente para que otros violadores de derechos humanos gocen de beneficios que ellos mismos impidieron mediante el terrorismo de estado.

Intentan sellar con tinta indeleble, con letra dura y paladar negro, lo que inició la dictadura fascinerosa, el desamparo y el abandono como parte del método para la vulneración de cualquier derecho humano básico como lo es la salud, son los que habilitan con el martillo de la ley la desesperanza que obnubila a un torturado, son parte del poder fáctico que no duda en comprimir falanges y apretar fuerte la pluma, lo que ayer fue el gatillo, para la destrucción de lazos comunitarios como estrategia más hábil para amputar transformaciones. Son muchos más que cortesanos que nunca pisaron el Hospital Posadas, y hoy pueden elegir un plan médico como menú a la carta. Sin embargo no son invencibles.

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