La ley para violar la ley
Lunes 10 de abril de 2017, por Silvana Melo *

Todavía sigue esposada Sheila en Isla Maciel. Tiene 16 años y gritaba de miedo y de rabia cuando la policía entró en su casa anoche, haciendo estragos y a los golpes con su padre. En busca, decían, de drogas y armas. Cuando se fueron, con su padre a cuestas, la dejaron sola. Y esposada. Como para toda la vida.

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* Periodista; Agencia de Noticias Pelota de Trapo (APE)

Ya se sabe que la Justicia suele levantarse la venda con intuición de clase. Que el Ministerio Público suele ir y suele no ir a allanamientos baratos, donde la gente no llega a ser gente, amontonada, vuelta una pasta anónima sin identidad ni defensa. Entonces deja a la policía en libertad de sacar sus colmillos y aventurarse en la sangre de los otros.

Ya se sabe que para allanar tiene que haber orden de allanamiento. Pero la policía puede allanar sin orden judicial y es legal. Si persigue a alguien que acaba de cometer un delito y se guarece en un espacio cualquiera: una casa, un comercio, un merendero en Villa Caraza. Explica el fiscal: puede entrar, si no cualquier casa sería una embajada. Pero siempre y cuando sea una situación dinámica. Si se guareció hace una semana, es imprescindible la orden de allanamiento.

Ya se sabe que los patovicas del Estado usan la ley para violar la ley. Se montan en una letra legítima y lógica para edificar la más brutal ilegalidad.

Todavía se despierta J. a la madrugada con ruido de puertas forzadas y ventanas rotas. Todavía se desvela cuando vuelve a sentir el golpe en su oreja izquierda y se ahoga otra vez y abandona su sopa ya definitivamente ácida. J. tiene nueve años y suele cenar en el merendero Los Cartoneritos de Villa Caraza. Y estaba esa noche, cuando entró la bandada de dinosaurios destrozando todo, arruinando con gas pimienta la única comida importante del día, a los golpes con quienes no tienen defensa. Dueños de una cobardía sistémica, que arruga su voluntad ante los propietarios de la vida y se agranda cuando barre el excedente.

Explica el fiscal cómo funciona el campo de la legalidad. Hay una orden de allanamiento emitida por un juez. Si la policía va a allanar en busca de armas, para detener a alguien que cometió un robo con armas o un homicidio, o por traficar drogas, hay un protocolo no escrito que prevé gente armada y por eso se prepara un allanamiento con violencia. Si se allana una escribanía para buscar una escritura, no hay armas ni resistencia. El método es distinto: ni siquiera debería ir la policía.

Esa es la excusa formal. Sobre esa prepizza legal se cocinan todas las violaciones posibles a la ley. “Hacemos más daño como escarmiento”, ostentan ante el Ministerio Público. Es decir: golpean a un hombre con sus niños asistiendo a una escena que les marcará la vida, entran a una vivienda donde una mujer duerme y se siente vejada en su intimidad y en su desnudez, patean las puertas de las casillas, que ofrecen la tentación del destrozo fácil, revisan todo y revuelven y rompen como si fueran ladrones en busca de un tesoro (muchas veces lo son), esposan a una adolescente y la dejan presa en su casa de Isla Maciel, como una exhibición del poder más baldío y sinsentido. Sólo por el sabor dulce de ejercer la fuerza ante la fragilidad.

Esa prepizza legal suele llevar otros ingredientes, más delicados y elegantes, cuando se allana un barrio privado. O una casa o un club de esta parte del mundo. Del territorio privilegiado. Donde hay viviendas, calles, sanatorios y alumbrado público. Rejas y ochavas. Alarmas y edificios con custodia propia. Donde suelen vivir el ministerio público y la justicia. No los judiciables. Que éstos viven donde la Justicia manda la policía con la ley en la mano para violar la ley.

La actuación tiene una base formal. Si hay un banco que robó al país pero lo hizo a través de una computadora no necesito fuerza pública. Si los delitos son contra la propiedad y con armas, generalmente el sistema persigue a los más vulnerables. Explica el fiscal.

No es el mismo allanamiento en la torre Le Parc y en la Rodrigo Bueno.

No es el mismo cacheo en Plaza Alsina que en Villa Tranquila.

No es la misma celda la del ex banquero y la del que rompió la vidriera de la rotisería.

No es el mismo megaoperativo en la Villa 20 que en Puerto Madero.

No es el mismo metal inmovilizando las manos de una adolescente.

No es el mismo pan ni la misma olla con gas pimienta.

No es la misma justicia. No es la misma condena. No es la misma violencia. No es la misma ilegalidad. No es el mismo golpe en la nuca que propina el sistema. No es el mismo país para todos.

Salvo cuando los justiciables y los castigados y los excedentes comienzan a reaccionar. Con los recursos que se tejen en los pies del sistema, para enredarle el paso y que tropiece, una y otra vez. Con los quince mil que marcharon ayer en Villa Caraza, todavía con los ojos rojos por los gases de la noche fatal.

Entonces la justicia podrá empezar a estar al frente de los justos. En la orilla de los olvidados.

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