Las armas del pueblo
Viernes 24 de marzo de 2017, por Alfredo Grande *

El concepto político de pueblo en armas, está fuertemente asociado a la guerra. Pensar en armas es pensar en todo aquello que tenga la capacidad de eliminar, aniquilar, destruir, arrasar, exterminar al enemigo. Pueden ser armas para la defensa o armas para el ataque, o ambas.

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* Psiquiatra y Psicoanalista. Director y actor teatral. Periodista y escritor Agencia de Noticias Pelota de Trapo (APE). Miembro Fundador y Presidente Honorario de ATICO (Cooperativa de Trabajo en Salud Mental)

Pero están fuertemente unidas en nuestra cultura represora las armas como herramientas del combate. Como dice el poeta, la poesía es un arma cargada de futuro. Y me permito agregar: de presente y de pasado. Es un arma cargada del devenir temporal de luchas, de esperanzas, del coraje y de la convicción inquebrantable que sólo saben los que luchan.

Todas las marchas todas, y el miércoles hubo otra marcha de marchas, son la evidencia de que todavía, y por mucho tiempo, habrá una plaza de armas. No como la pensaban los señores de la tierra, los dueños del planeta, los amos del universo. La industria de la guerra es otra cosa, y sin duda, la más aberrante cosa. Gobiernos que ejercen destrucciones masivas para luego enriquecerse con reconstrucciones parciales. La plaza de armas, cuyo nombre más conocido es Plaza de Mayo, es el espacio político y geográfico donde confluyen en decenas de miles, en cientos de miles, la única arma que la cultura represora en sus diferentes disfraces, desde las dictaduras hasta las democracias, nunca podrá abolir, ni prohibir, ni eliminar. El deseo. Y el deseo de los demás prolonga el mío hasta el infinito, parafraseando a Rosa Luxemburgo.

Seremos siempre realistas, porque no dejamos de pedir lo imposible. Pero lo imposible en una escala individual o grupal, se hace posible en una dimensión colectiva. El colectivo es un grupo con una estrategia de poder. No es reactivo. No es efímero. No es una queja amplificada. Tampoco una protesta reivindicativa. El colectivo es un combate cultural, político, ético y estético. No es un combate por mejorar las condiciones del trabajo, de la vida, de la cultura. Es un combate para cambiarlas, para transformarlas, para subvertirlas. El fascismo lo tiene claro y lo ejecuta a la perfección. Con décadas de anticipación.

Desde el Cordobazo ya habían planificado la Alianza Anticomunista Argentina (triple A). Y luego la dictadura cívica militar. Y luego la continuidad del proceso de reorganización nacional a través del proceso de reconstrucción nacional que encabezaría Ítalo Luder. Alfonsín fue una anomalía en esa matrix genocida. Pero fue rápidamente anulada por el menemato. Lo que se mantiene permanente es el alerta permanente de los gendarmes sobre los “trapos rojos”.

Escuchamos a la derecha fascista alertar que “Baradel o la izquierda”. El hecho maldito del país burgués no es el peronismo, con todo mi respeto a Cooke. Es la izquierda. Incluso la más descafeinada. Ni qué hablar de la izquierda clasista y combativa. Porque en el nivel fundante, el combate de fondo sigue siendo entre explotadores y explotados, entre víctimas y victimarios, entre ricos y pobres. El “pobres contra pobres” encubre que también hay “ricos contra ricos”. Pero no es lo mismo la lucha de clases (más allá o más acá de cómo esté conformada cada clase) que la guerra de castas. Incluso es lo opuesto.

La lucha de clases es un elemento de la vida, la guerra de castas es la marca de la muerte. La tragedia es cuando los explotados, las víctimas, los pobres, siguen confiando su vida a sus verdugos. O sea: al Estado. La comuna de París seguirá siendo el ejemplo de que una sociedad sin Estado no sólo es posible, sino que es necesaria. Y esa certeza es absoluta en el fascismo que cuando se disfraza de derecha, incluso de centro derecha, incluso de derecha populista, no permite ninguna forma de auto organización, de trabajo de delegados de base, de formas no burocratizadas de toma de decisiones.

Lo que la derecha teme es lo que nosotros necesitamos. Dime que teme el fascismo, y te diré por donde tenemos que andar. Dime que nos da, y te diré que debemos rechazar. Pero la cultura represora en los tiempos fríos o tibios de la historia, ha desalojado la idea de fascismo. La reemplazó por neoliberalismo y por mercado. Guerra de marcas. Intermediación parásita. Necesidades básicas siempre insatisfechas. Salario mínimo, siempre mínimo, nunca vital y jamás móvil. La policía no reprime. La represión es del Estado. El gatillo fácil es una política pública de control social. Si a la policía le ordenaran besar, los besos serían razón de Estado.

Creo que toda marcha es una marcha contra el Estado. Cuando la marcha es para apoyar al Estado (la razón o la sinrazón del Estado) entonces no es marcha, es un desfile. Uniforme. Marcial. Al mismo paso. Solemne. Y por lo tanto, ridículo. Una marcha es diversidad de diversidades. Por eso imposible que haya una sola marcha. Lo importante es saber en qué consiste la diferencia. Los que hacen de la sangre derramada negocio electoral o partidario, son también infames traidores. Quizá no a la Patria, ya que también tenemos varias patrias, además de la financiera que es la top ten. Infames traidores a las luchas del pueblo, al menos desde 1810.

Cuando Cornelio Saavedra, el fundador de Cambiemos, ante la muerte asesinato de Mariano Moreno dijo: “se necesitaba tanta agua para apagar tanto fuego”, le erró al vizcachazo. No apagó el fuego. Ese fuego sigue vivo, porque donde hubo fuego, brasas ardientes quedan. Las cenizas son para los carcamanes de la historia. Por eso en todas las marchas, están presentes las marchas todas que levantaron a los pueblos. “A las armas, ciudadanos”, dice la Marsellesa. “Y se alcen los pueblos, con la Internacional” dice el himno de la revolución. Y nuestro himno, castrado y amputado por un decreto de cambiemos del 30 de marzo de 1900, quedó como canción de cuna cuando era un himno de combate contra la España imperial: “En los fieros tiranos la envidia, Escupió su pestífera hiel, Su estandarte sangriento levantan, provocando a la lid más cruel. Coro ¿No los veis sobre Méjico y Quito, Arrojarse con saña tenaz? ¿Y cual lloran bañados en sangre Potosí, Cochabamba y la Paz? ¿No los veis sobre el triste Caracas Luto y llanto y muerte esparcir? ¿No los veis devorando cual fieras todo pueblo que logran rendir?”.

Recuperar letra y cuerpo de nuestro himno es una forma de ir al combate desde las vísceras, desde las entrañas. No desde una bandeja servida con un menú del día, que siempre es el mismo, caro y además tóxico. Las armas del pueblo están para ser usadas. Las hemos dejado oxidar. Este 24 de Marzo será la plataforma, no electoral, pero si ideológica, para enfrentar a los verdaderos enemigos del pueblo. Y para eso, no hay partido político, ni oasis electoral, que nos ayude. En unión todos marcharemos. Y en una marcha, todas las marchas.

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