Dar de comer para que no roben
Miércoles 22 de febrero de 2017, por Ignacio Pizzo *

La desnutrición es una guarda que se teje fibra por fibra con la singular perversión de quien la decide. Desnutrición, palabra que al parecer se ha caído de los diccionarios argentinos, y la ciencia estadística presumiblemente la erradicó, porque la macroeconomía es la que aporta evidencia en números.

Compartir este articulo:

* Médico generalista en Casa de los Niños, Fundación Pelota de Trapo

Entonces el hambre como palabra aguda, urticante, simplemente se deshace aunque como crimen de Estado se siga planificando. Las pericias no alcanzan porque los planificadores se dedican a borrar pruebas.

La Nación publica: “Erradicar la desnutrición infantil”, el párrafo inicial dice que bajar la edad de imputabilidad es tema de especialistas, el cuerpo de la nota asocia desnutrición con criminalidad al utilizar azarosa y sesgadamente datos como por ejemplo, que en el año 2000, el doctor Abel Albino, de CONIN Argentina, solicitó a una jurista un estudio sobre la relación entre criminalidad y desnutrición del que surgió que el 80% de los grandes criminales de Mendoza habían sido desnutridos de segundo y tercer grado” (1). Es decir, que a sabiendas que cada año previo a elecciones el slogan de bajar la edad de imputabilidad resuena cual voz de pregón en calles desoladas, alguna vez alguien detecta que podría ser que no haga falta, mejor dar de comer a edades tempranas para no crear futuros criminales.

La línea que liga a modo de ecuación desnutrición y delito, vale decir desnutrido hoy, delincuente mañana, imputa al supuesto criminal desnutrido y no al crimen del hambre. El crimen es el hambre, se planifica como muerte lenta, como irrefutable genocidio contemporáneo. Monstruo que estrena día a día una nueva cabeza, para perfeccionarse y sostener el orden capitalista caníbal.

Jean Ziegler, miembro del Comité Asesor del Consejo de Derechos Humanos de la ONU, repite a sus 80 años que el hambre es la masacre más escandalosa del mundo. Sostiene que quienes la planifican son las 500 sociedades transcontinentales privadas que, según datos del Banco Mundial, controlan el 52,8 por ciento del producto mundial bruto. Su valor patrimonial es igual al PBI de 130 estados. Son grupos financieros que detentan un poder mayor del que jamás haya tenido un emperador o un Papa (2). Explicaba en 2015 que cada 5 segundos un niño menor de diez años muere de hambre. Son 57.000 personas las que mueren de hambre cada día. Al menos 1.000 millones de personas son gravemente invalidados o sufren secuelas graves por la desnutrición. La agricultura mundial podría alimentar a 12.000 millones de personas. Somos 7.000 millones.

Para más evidencia, se sabe que alrededor de 795 millones de personas en el mundo no tienen suficientes alimentos para llevar una vida saludable y activa. Eso es casi uno de cada nueve personas en la tierra (3). La nutrición deficiente es la causa de casi la mitad (45%) de las muertes en niños menores de 5 años -3,1 millones de niños cada año- (4).

Pruebas no faltan para imputar a los mentores del hambre, mas no aparecen tribunales que se animen a citar y condenar a los criminales de lesa humanidad, que lucen esbeltos y exitosos frente a las cámaras, o bien se mueven en las sombras y ordenan a dedo el destino de pequeños que simplemente esperan que caiga una lluvia de bendiciones. A cambio de condenarlos, los votamos o los envidiamos. Como gran masa anestesiada escondemos detrás de nuestras selfies la falta de valor para generar indignación y acción.

Inevitablemente seremos cómplices si como sociedad permitimos esconder y encerrar bajo el apartheid de las villas a los niños jinetes del barro. Mientras gozamos del entretenimiento, nos quitan -hambre mediante- a nuestros pequeños y jóvenes, vale decir hambre, tiros de 9 milímetros, o apuntando a la cabeza con humo de pasta base. Conectar desnutrición con criminalidad, y pensar en dar de comer para que no roben, es el proyecto de una parte de la sociedad que teme las consecuencias de sus propios arrebatos.

La teoría del desnutrido criminal responde a los designios de quien, culpable frente a sus deidades, coloca el hambre como mero diagnóstico médico o como terreno del derecho penal, quita el marco político, con la no inocente intención de desligar la responsabilidad de la inseparable díada Estado-Empresas, que se sientan a degustar banquetes mientras descartan niños excedentes como saldos que no cotizan en bolsa.

sitio desarrollado en SPIP