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Sembrar el futuro
Martes 1ro de febrero de 2011, por Juan Carlos Giuliani *
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Aunque la "inteligentzia" cipaya intente una y otra vez explicarnos otra cosa, lo cierto es que nadie se llama a engaño: la riqueza de las naciones la generamos los trabajadores.

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* Periodista. Vocal de la Comisión Ejecutiva Regional de la CTA Autónoma Río Cuarto. Secretario de Relaciones Institucionales de la CTA hasta septiembre del 2018.

Justo es, entonces, que reclamemos la equitativa distribución de lo que creamos cotidianamente: en fábricas, aulas y oficinas, en la ciudad y el campo, en la actividad privada y estatal. En condición de trabajadores formales, en negro, autogestionarios y cuentapropistas.

No nos resignamos a convivir con la desocupación, ese tributo de humillación social que exige la voracidad del capitalismo.

La clase trabajadora es el motor de la historia. Mal que les pese. La aceitada superestructura cultural del poder ya no tiene consenso social para convencer sobre las bondades del régimen de saqueo y dominación.

Ni el más desprevenido de nuestros compatriotas se traga la píldora de la desaparición de las ideologías. Y mucho menos del trabajo. ¿De qué vivirían los pueblos y los países si no fuera del trabajo humano? Esa ecuación, tan sencilla como natural, no ha podido ser rebatida por los que mandan. Es de una lógica irrefutable.

No es una utopía que en la Argentina el pueblo se alimente, se eduque, viva sanamente de su trabajo y bajo un techo digno. Si la renta nacional no se distribuye, o se lo hace en cuentagotas, lo que hay es esta asombrosa desigualdad que no se compadece para nada con el largo ciclo de crecimiento macroecoeconómico verificado en nuestro país.

Resulta legítimo plantearse la reescritura de un pensamiento estratégico que trascienda cualquier cronograma electoral y tome como objetivo irrenunciable la construcción multisectorial de la Justicia Social.

Durante casi tres décadas hemos comprobado en carne propia que con la llamada democracia representativa no se come, no se educa, ni se sana. Es urgente y necesario avanzar hacia una democracia participativa, de carnadura social y protagonismo popular.

Los trabajadores tienen una experiencia vital de lo que fue la participación en la distribución del ingreso, en la organización para la lucha sindical y su relación con el gobierno del Estado. Saben que los mayores grados de legalidad y derechos adquiridos para el conjunto del pueblo fueron el resultado de procesos en los que protagonizaron claras instancias de democracia participativa.

El proceso hacia una Asamblea de la Constituyente Social en la Argentina, se presenta así como la posibilidad de promover un proceso multisectorial y unificado de construcción y articulación de una experiencia política capaz de dotar al Movimiento Popular de capacidad estratégica transformadora para sentar las bases de un nuevo Estado que resuelva la desigualdad y la pobreza.

Vamos camino a una Constituyente Social con la idea de conjugar la unidad en lo diverso, de reconstruir el Estado a partir de privilegiar lo público sobre lo privado, de recuperar el dominio y uso de nuestros recursos naturales, desmontar el andamiaje legal del coloniaje, deshacer las nuevas y sofisticadas formas de usura y esclavitud, enfrentar la concentración económica y la exclusión, defender el medio ambiente e impulsar un proyecto soberano de reindustrialización.

La consecuencia con el legado de nuestros mártires y el compromiso de sembrar el futuro se cruzan en la esquina donde reside nuestro mandato histórico.

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