Hospitalarias realidades
Viernes 28 de agosto de 2015, por Ignacio Pizzo *

Al pasar, sólo se oye que nuestros funcionarios atienden sus problemas de salud en prestigiosos sanatorios. En el caso del Gobernador y ahora presidenciable, Europa es el destino elegido donde probablemente apelará a la calidad del viejo mundo, en cuanto a recursos materiales de salud, ya que en nuestra provincia de Buenos Aires el acceso a la prestación, al parecer, está restringido.

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* Médico generalista en Casa de los Niños, Fundación Pelota de Trapo

Es aquí donde los Hospitales y los Centros de Atención Primaria de la Salud en ruinas, hace largos años, se han transformado en monumentos vivientes del desamparo. En el UPA 24 horas, que propagandea el ex motonauta, parece que no se cuenta con la prótesis necesaria ni con la vacuna anti estrés que él precisa. No hablaremos aquí si corresponde que uno de los protagonistas principales del gran teatro electoralista, esté presente o no al momento de una de las más despiadadas inundaciones de la historia de la vasta Buenos Aires. La idea de cuento absurdo va más allá de nuestra imaginación colectiva. El siniestro hecho de injusticia y desigualdad, acorde a la clase a la que pertenecen los tres candidatos a presidente, que los televisores tratan de proyectar por HD, se erige como algo natural, habitual.

Ninguno de los conductores de sus respectivos distritos acude a los sistemas de salud que ellos mismos se jactan de administrar. Ninguno de sus hijos, ninguna de sus parejas constituidas en santo o civil matrimonio, o en ambas instituciones. Porque los sistemas de salud ya no son públicos, sino estatales, y vaya diferencia. Son la expresión máxima de lo que la vida de una población olvidada significa para sus funcionarios: una excrecencia social. Así el estado en la larga cadena de mandatos llega a un empleado que cerrará la puerta en la cara, o a un cartel que dirá: “No hay pediatra”.

Así, por ejemplo , Victoria, una señora de Gerli, esperará dos años y medio una prótesis de cadera para su artrosis, en el hospital provincial Presidente Perón de Avellaneda, aquel donde Evita, quien manifestó en hechos a la infancia como privilegio, desde su lecho de agonía puso el primer voto femenino en una urna. El mismo hospital que ella pensó, soñó y logró construir, junto al Ministro Carrillo. Allí se internó, coherente, auténtica, indiscutible. Allí se la ve en esa famosa foto votando en su sala de internación, porque no quería perderse aquel acontecimiento, cuando por fin una de las batallas por la igualdad de género era concretada. Capciosamente la paciente se llama Victoria, nombre con el que el inescrupuloso gobernador llama a cada uno de los supuestos laureles conseguidos.

Ni las “Victorias” del gobernador, ni el pluralismo hipócrita de “cambiemos”, desde un jefe de gobierno cuya genética reside en privilegios del empresariado de un tercer mundo, que no figura en los mapas de Bill Gates. Tampoco aquel tercero en discordia, que diciendo ser peronista , se cobija en su cámara vigilante de Tigre, y vuelve a pedir las cabezas de los adolescentes de 14 años , insistiendo en su imputabilidad, ignorando seguramente que Eva Duarte de Perón llevó dicha imputabilidad de los 14 a los 16 años. Ella sostenía que a los niños transgresores había que domiciliarlos en un ámbito familiar y de sinceras caricias. Ninguno de los adueñados en estos tiempos, de la pantalla mediática que pretende juntarlos en un debate circense, son capaces -ni lo fueron, ni lo serán-, de acunar la vida de sus habitantes en cajitas de cristal. Ninguna de sus palabras son sueños que se concretarán.

Por poner otro de tantos ejemplos, la vida de Milagros, una bella niña de Moreno no sería vida si no fuera por la organización social del barrio que la esperó para jugar, sin pedirle votos, que la abrigó sin cautivarla con clientelismo, que la alimentó sin solicitarle carnet de afiliación. Poniendo comienzo del fin a una desnutrición evitable, que ningún organismo estatal, Hospital, Servicio Zonal o Juzgado, quiso, supo o se atrevió a tratar.

Ese mundo de casas del niño, centros comunitarios, comedores, centros de desarrollo infantil, plazas de nuestros barrios, donde la integralidad adquiere forma a través de educadores , trabajadores y trabajadoras de salud, matronas de sentido común, artistas callejeros y poetas anónimos, son el retoño renaciente de los escombros de los privilegiados tiempos de la infancia en Argentina. De Evita y sus largos brazos, sus escuelas hogares y sus hospitales dignos. De los anarquistas que daban al niño autonomía política y a la mujer igualdad de género en el principio del siglo XX. Desfinanciadas, ninguneadas y desafiliadas de cualquier gobernador, jefe de gobierno o intendente, las organizaciones sociales sobrevivientes que han soportado hasta hoy el embate de los falsos nuevos paradigmas, hacen fundir sus cenizas con las de un pasado al que intentaron acallar o en el mejor de los casos saltear párrafos.

Niños, niñas, adolescentes y ancianos, que sin salud o con ella serán los actores sociales que saldrán a la puerta a mirar la derrota de quienes nunca conocieron sus caras, ni por visita ni por asomo a la realidad. Interrumpirán el vértigo de la hegemonía que nos hace creer que dependemos de un representante que se haga dueño de nuestro buen vivir.

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