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Lunes 9 de marzo de 2015, por Cynthia Pok *
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Conmemorar un día del año el Día de la Mujer, nos pone frente a la necesidad de cuestionarnos en torno a qué ocurre con ese tema los 364 días restantes. Allí, la problemática de género atraviesa, transversalmente, al conjunto de las esferas de actividad de nuestra sociedad.

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* Secretaria de Formación de CTA Nacional

En particular desde una Central de trabajadores/as, cobran especialrelevancia el rol de las mujeres en el proceso de trabajo,en las formas de inserción en el mercado de trabajo y en la sujeción a los determinantes que lo caracterizan tales como la precariedad laboral, la informalidad y las deprivaciones salariales que esto conlleva.

Hace mucho tiempo queen Argentina la informalidad y la precariedad laboral han dejado de ser una franja marginal del mercado de trabajo para instalarsecomo rasgo constitutivo del mismo, abarcando a gran parte de la población laboralmente activa.

La informalidad se nutre de múltiples modalidades que van desde la gestión independiente de las unidades económicas con ciertas características restrictivas – emprendimientos de subsistencia generalmente autogenerados-, hasta formas de inserción endeble en puestos asalariados basadas en la elusión de la normativa laboral, en la tercerización y en diversas formas de precarizar la relación laboral. Operan, globalmente, lo que se ha dado en llamar “los Cuatro Jinetes del Apocalipsis”: la flexibilización, la precarización,la externalización y la intermediación.

Este marco es el que abarca a las mujeres, que, al igual que los varones, se ven afectadas por estos determinantes. Como es de esperar, en sociedades no exentas de patriarcalismo, todos los indicadores “negativos” del mercado de trabajo –desocupación, subempleo, etc.- se ven exacerbados en el caso de las mujeres.

Sin embargo, particularmente en períodos de crisis del mercado de trabajo, las estructuras sociodemográficas y los perfiles de la población inserta en la informalidad y en el empleo formal no presentan diferencias drásticas entre sí. Esta característica, combinada con la importante extensión del empleo en la informalidad, ha persistido en el tiempo. La combinación de ambos rasgos estaría ratificando que la informalidad, lejos de ser un reservorio de grupos particulares de población, se habría convertido en un componente estructural de la dinámica general del mercado de trabajo.

La informalidad contiene una importante presencia femenina, pero este hecho no la convierte en un ámbito particularmente feminizado, dado que las mujeres revistan con similar peso en la informalidad y en el empleo formal. Siendo la informalidad y la formalidad ámbitos tan disímiles en su lógica, no se configuran como reservorios diferenciales de empleo femenino, convirtiéndose esto en una de las particularidades más significativas desde el punto de vista de género.

La problemática de género se centra, por el contrario, más que en la magnitud del fenómeno, en las modalidades particulares de inserción de las mujeres en la informalidad.Si bien no existen diferenciales fuertes desde el punto de vista demográfico entre la formalidad y la informalidad, se evidencia la afectación de ciertos grupos, cuya presencia remite a su vez a ciertos aspectos de la lógica de la informalidad.

El gran peso de los jóvenes en el empleo informal mostraría una mayor flexibilidad de entrada al mundo laboral, vía las ocupaciones informales.Sin embargo, la fuerte presencia de jefes y cónyuges muestran que la informalidad no permanece sostenida solamente por los jóvenes sino que compromete a las unidades domésticas en su conjunto.La informalidad, en particular, constituye un ámbito retentivo de los jóvenes, posicionados como hijos, al interior de la unidad doméstica de origen, en contraposición a la lógica propia de la inserción formal, donde esos jóvenes están en condiciones de formar nuevos núcleos de convivencia independientes de la unidad de origen.

Esta lógica de reconstitución de los núcleos es diferencial por género. Mientras que el ámbito del empleo informal es más retentivo de los hijos varones jóvenes que de sus pares mujeres, en el empleo formal, los hijos varones tienden a separarse del núcleo de origen con mayor frecuencia que las mujeres, pudiendo estar latentes en este último comportamiento modelos culturales con relación a los roles de género socialmente establecidos.

Por otra parte, los mayores niveles educativos de las mujeres se convierten en una desventaja comparativa en la probabilidad de formalizar la inserción laboral. De hecho, aunque en el caso de las mujeres es un pasaporte importante hacia la obtención de un empleo formal, lo es menos que en el caso de los varones, que, con menor representación en los niveles altos de educación, transitan más fácilmente hacia el empleo formal que las mujeres. Esta circunstancia está también atada a los límites de la trayectoria laboral de las mujeres, entrampada entre lo que se ha dado en llamar “el piso pegajoso” y “el techo de cristal”.

La estructura general de calificaciones en la informalidad pivotea sobre una fuerte franja de tareas de calificación operativa similar a la del conjunto del aparato productivo, mermando -en la informalidad- las calificaciones superiores y extendiéndose las menos calificadas. Conserva por lo tanto, con esas especificaciones, la gradación piramidal, de base trunca propia del conjunto.

Las mujeres se insertan, en la informalidad, a lo largo de toda la estructura de calificaciones, pero ceden terreno a los varones en el nivel de la calificación operativa, recargándose en tareas no calificadas, mientras que permanecen sin dificultad en las pocas tareas técnicas y profesionales del sector, aún a costa de la pérdida del posicionamiento relativo superior en el nivel técnico que presentan, con respecto de los varones, en el conjunto de la inserción productiva.

En cuanto a la división social del trabajo en general, la distribución sectorial permite visualizar ramas de actividad típicamente asociadas, en el ámbito privado, a la informalidad (comercio, servicios, construcción), con un comportamiento diferencial por género y subconjuntos polarizados al interior de los servicios.

En el marco de la gradación de los niveles de ingresos, las mujeres se presentan sistemáticamente por debajo de los varones, pero es de notar que la mayor disparidad se localiza en la esfera de la inserción asalariada informal al interior del ámbito más típicamente formalizado, es decir, en las unidades económicas del modelo capitalista empresarial de mayor tamaño. Cabe señalar que las inserciones informales, lejos de ser un complemento marginal de los recursos de las unidades domésticas, revisten una centralidad casi exclusiva en las estrategias de supervivencia de las mismas.

Un rasgo destacado es que las mujeres se ven atravesadas por una doble determinación: por una parte, existe una importante presencia de mujeres en la condición de subempleadas y por otra, una casi exclusiva pertenencia del subempleo al campo de la informalidad. Es decir, ellas están sujetas a las determinaciones del subempleo y a las de la informalidad simultáneamente.

La intensidad horaria del trabajo resulta decisiva como emergente de la relación trabajo doméstico - trabajo extradoméstico en el caso de las mujeres en actividades independientes. Parecería indicar que las mujeres se insertan laboralmente en la actividad independiente informal reduciendo su jornada de trabajo extradoméstico en función de responsabilidades domésticas o articulando la actividad laboral de jornada más extensa al interior de la dinámica de la unidad doméstica.

La incorporación de las mujeres a las actividades independientes informales que obedece, muchas veces, a la necesidad de compatibilizar trabajo doméstico y trabajo remunerado, implica, sin embargo, un techo a las posibilidades de crecimiento de la unidad económica ya que el tiempo que le pueden dedicar es restringido y la operación en el ámbito local limita las posibilidades de crecimiento económico por medio de la ampliación del mercado.

Sin embargo, si bien la hipótesis de articulación de trabajo doméstico y trabajo extradoméstico es válida en sí misma, constituye sólo parte de la explicación. Esta estructura debe analizarse también como sedimento de un proceso de sustitución de empleo que caracterizó el proceso de la anterior crisis, donde las mujeres salieron a disputar un lugar en el mercado de trabajo para compensar la pérdida de empleo masculino en el seno de los hogares, así como la disminución de ingresos en el caso de quienes conservaban sus empleos.

Dicha sustitución se operó en el marco de un importante deterioro de la situación del empleo en general, con lo cual el acceso al empleo pleno estuvo también restringido para las mujeres. Esto sugeriría que la mayor presencia de mujeres en los tramos de menor dedicación horaria a la actividad laboral deriva en parte también de las restricciones que el mercado de trabajo impuso a su participación. De hecho, la intensa participación de las mujeres –sobre todo las informales- en la búsqueda activa de trabajo adicional, estaría abonando esta línea interpretativa.

Es de señalar que el mismo proceso de crisis del empleo operó excluyendo también a mujeres y, en muchos casos, las reinsertó endeble e innecesariamente, como empleo redundante en unidades económicas que algún miembro de la familia ya venía operando. Este proceso se habría dado especialmente en los microemprendimientos de base informal. Complementariamente, también las reinsertó en empleos asalariados, de baja calidad, en condiciones de precariedad laboral, característicos de la informalidad.

Se deriva de lo anterior que los tres efectos combinados –articulación de trabajo doméstico y extradoméstico, sustitución de trabajo masculino en un mercado de trabajo deteriorado con respecto de sus posibilidades y la exclusión con repliegue en empleo redundante y en asalariamiento precario- estarían tras la estructura de la intensidad del empleo que presentan las mujeres en la informalidad. Si bien esta configuración no es idéntica a lo largo del tiempo, las crisis reeditan y acentúan la misma tendencia.

En síntesis, las determinaciones de género están fuertemente entrampadas en los determinantes económicos que, lejos de haber puesto fin a los llamados “los Cuatro Jinetes del Apocalipsis”, oscila entre períodos en que se evidencian con menos fuerza y otros en que golpean con virulencia. Si bien la irrupción masiva de estos factores data de los 90, la persistencia de esos rasgos muestra que han venido para quedarse.

Más allá de ciertos cambios producidos desde los inicios de la década pasada, visualizados como mejoras a causa de la comparación con el momento álgido de aquella crisis, la relativa persistencia de ese estadio se ve agotada en el presente. Con niveles de Pobreza e Indigencia equiparables a los de finales de la década del 90 y con crecientes tensiones en el mercado de trabajo, la conflictividad que ha venido impregnando el escenario encuentra a las mujeres afectadas, como siempre, por los mismos determinantes y en la primera línea de todas las confrontaciones.

Valorando los homenajes y jornadas demostrativas y de lucha que se multiplican cada 8 de marzo, es importante visualizar los restantes 364 días de cada año desde la misma perspectiva. En ellos, se profundiza el embate sobre la condición laboral de las mujeres y se agudiza el nivel de conflicto que las abarca. Ello coloca no sólo a las mujeres sino a esta Central en su conjunto, frente al desafío de incorporar las reivindicaciones de género como parte constitutiva de sus reclamos y sus luchas en todos los campos.

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