Brasas de Nicaragua
Martes 25 de febrero de 2014, por Mariano Vázquez *
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Hago visera con la palma de la mano izquierda tratando de adivinar la sombra de Augusto César Sandino en el horizonte. Busco su efigie. El monumento negro. Su presencia, en las alturas de la laguna de Tiscapa. Desde los rincones de Managua, alzando la vista, siempre aparece junto al cielo.

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* Periodista argentino. Productor de la corresponsalía en La Paz de HispanTV. Productor general de 23 Minutos, noticiero internacional del canal estatal BoliviaTV y coordinador de piso y co-conductor de Contextos, programa radial y televisivo que se transmite por la Red Patria Nueva y el canal Abya Yala.

El pequeño avión me lleva de El Salvador a Nicaragua. Mi corazón es un parche batiente, Pegados mis ojos al paisaje centroamericano, sosegando en la mirada la ansiedad. Tratando infructuosamente. Managua en el horizonte: casitas bajas de ladrillo desnudo o de laminas de metal, estampa de ciudad, alma de pueblo, escenario de gestas heroicas. La reconozco. 13 años después, la reconozco. Hoy soy otro que aquel que la vio por primera vez en 1996. ¿Hoy soy realmente otro?

Me dejé llevar intuitivamente por sus calles, buscando los lugares de antaño. Finalmente me rendí a la evidencia de que muchos recuerdos se habían vuelto caprichosos, lejanos, volátiles. Alzaba la mirada al cielo, pero la efigie de Sandino no aparecía. Comencé a preguntar por la Laguna de Tiscapa. “Está largo, joven, mejor vaya en taxi”, me dijo una mujer que vendía frutas en la calle. “Me gusta caminar”, respondí. Sonrió. Mostrando ese aire afectuoso con que los nicaragüenses se tratan. Me indicó la dirección que debía tomar: tenía que pasar dos semáforos y al tercero, ahí, debía torcer a mi derecha, sin antes volverme a recordar que Tiscapa “queda laaaaargo”. Aproveché a comprarle una bolsita de mango, ya cortado amorosamente en rodajas verticales. Me regaló un vaso de agua. El calor del mediodía ya besaba mi piel.

En el camino cuatro hombres que manipulaban trabajosamente un motor me saludaron llevando sus manos a la visera de sus gorras. Uno de ellos me preguntó: “Compañero, ¿qué andas haciendo por Nicaragua?”. Y sin darme tiempo a la respuesta me conminó “¡Y mañana vas a estar en la plaza, compadre!”. “Claaaaro”, le respondí. “Que bueno, hermano, nosotros aquí en el barrio vamos a hacer la vigilia desde hoy a la noche para recibir el 19 de julio, si quieres te puedes venir, estaremos por aquí, somos todos ex soldados, cumplimos 30 y de nuevo con Daniel arriba, es para festejar”.

A la vera de esa avenida ancha, de doble vía, dividida por un corredor de dos metros con algunos árboles dispersos, se entremezclaban casas, talleres mecánicos, un par de discotecas, viviendas de madera o láminas, baldíos y montañas de basura quemándose. Ese humo grisáceo, que venía observando desde hacía cuadras, provenía de un descampado donde hombres con carros tirados por caballos flacos hacían acopio de gemas encontradas en la basura. Esta es la lección de este país embrujado, vivir al día, con lo justo, pero siempre con una sonrisa de generoso amor cruzando la cara. Todo se comparte por más magro que sea.

¿Habrá cambiado Managua en estos trece años? ¿Y Nicaragua? ¿Yo? Este es el viaje de la ilusión, también el del miedo. La ilusión del país de mis orgullos, el de Sandino, su lucha victoriosa por la liberación del país de la presencia norteamericana. En el Pentágono hay dos plaquetas de dos historias marcadas en bronce. Las dos derrotas admitidas por los EEUU: Nicaragua (1933) y Vietnam (1975). Es el país que me enseñó el comandante Omar Cabezas en sus libros, Leonel Rugama en su vida ofrendada. La vida de santos. No tener. Como dijo Sandino, nunca voy a tener una propiedad, no voy a convertirme en latifundista, no tengo nada ni quiero tenerlo. El país del Frente Sandinista, de su lucha contra la dictadura dinástica de los Somoza, su victoria heroica, sus muertos queridos, los muchachos, su resistencia contra la guerra de agresión de la Contra, el brazo armado de Reagan; también el de la derrota en la urnas y el de la vuelta de la mano de Daniel Ortega, en 2006. El país orgulloso de su gesta. Me preguntaba si esa mística se había resquebrajado. Ese era mi miedo.

El calor me da en la frente y ni un poquito de viento, ese día. Giro a la derecha y diviso el cuartel militar de Tiscapa, reconozco esa elevación montañosa donde se ubica la zona militar, por ahí está Tiscapa. Pero no veo la efigie de Sandino. Paso varios metros la zona donde termina la posta militar y a mi izquierda veo la efigie, pero no puedo recordar el camino a tomar, la memoria se hace algo débil: ¿Por dónde era? En una cerca militar le pregunto a un soldado cómo llego a la laguna de Tiscapa. Tengo que seguir hacia arriba toda la calle que rodea al cuartel, que nunca crucé, así llegaré. “Bordeela, compadre”. La entrada al predio ante mis ojos. Voy recto unos cien metros, giro una curva ascendente y ante mi aparece la histórica figura de Sandino; su silueta en negro. Bien alta, su postal clásica, ladeada, con su sombrero típico de las Segovias.

Recorro detenidamente el monumento a los caídos de 1954, observo sin prisa la imagen del héroe, después me acerco a los miradores y abajo, a unos cien metros, la laguna de Tiscapa, rodeada de verde selvático. Esa zona permite ver Managua hacia los cuatro puntos cardinales: el volcán, el Lago Managua, la catedral gris, vacía (despojada) literalmente desde el terremoto de 1972. Los barrios. Plomo. Palabra talismán.

Dos muestras hay en la zona, que antes, durante la dictadura, funcionó como cárcel y centro de torturas de la guardia somocista; por eso, una de las muestras, “Noches de tortura”, da cuenta de los testimonios de aquellos que pasaron por esas mazmorras. Gigantografías con imágenes y testimonios que estremecen la sangre. El tenor de los vejamenes, descompone.

La otra de las muestras es sobre Sandino, también gigantografías con sus frases. Fotos históricas. El “pequeño ejército loco”, como lo bautizó, admirada, Gabriela Mistral. Al retirarme descubro una caseta, como un vagón de tren, es marrón oscuro de una madera antiquísima. Un cartel al frente: “Biblioteca”. Entro. Un mujer muy joven esta sentada completando unos papeles. Hay dos anaqueles de libros. Le pregunto si venden libros y me dice que no, que es un biblioteca permanente, que no prestan libros pero es un lugar de lectura, consulta. Me quedé: leí. anoté los datos de libros que no conocía, me estremecí, rememoré, navegué al pasado hasta que fue la hora de cerrar.

Fogatas, vigilias, fuegos artificiales, música revolucionaria nacían de las esquinas de cada barrio popular de Managua. Era la víspera del 19 julio. No era cualquier 19 de julio, sino el del 30 aniversario del triunfo sandinista de 1979. Guiado por los fuegos, por los estruendos y las canciones compartí con hermanos desconocidos la alegría sin luto del recuerdo. Cervezas, café y gallopinto circulaban como el pan de Dios en una misa. A capela cantamos “La tumba del guerrillero”, una y otra vez. Las risas y charlas sin pausa prosiguieron hasta el amanecer del nuevo día.

Retorné cuando despuntaba el sol. En una esquina, un soldado, muy joven, me saluda con la mano, le retribuyo y de paso le pregunto cuanto tardaría caminando desde allí a la Plaza Juan Pablo II: “¿A paso normal o de turista?”, me inquirió sin sorna. “A paso intermedio, entre normal y turista”. Se río sin malicia y me dijo que unos 20 minutos y me preguntó de dónde era. Argentino. “Ah, la tierra del gigante Che”. Me deseó suerte, que disfrutara de los festejos y se despidió: “Patria Libre o morir, compañero”.

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